viernes, 8 de mayo de 2009

"Mundo de siete pozos" de Alfonsina Storni. Las 2001 Noches nº 28

D34 (MOM)


MUNDO DE SIETE POZOS

Se balancea,
arriba, sobre el cuello,
el mundo de las siete puertas:
la humana cabeza…

Redonda, como dos planetas:
arde en su centro
el núcleo primero.
Ósea la corteza;
sobre ella el limo dérmico
sembrado
del bosque espeso de la cabellera.

Desde el núcleo
en marcas
absolutas y azules,
asciende el agua de la mirada
y abre las suaves puertas
de los ojos como mares en la tierra.
…tan quietas
esas mansas aguas de Dios
que sobre ellas
mariposas e insectos de oro
se balancean.

Y las otras dos puertas:
las antenas acurrucadas
en las catacumbas que inician las orejas;
pozos de sonidos,
caracoles de nácar donde resuena
la palabra expresada
y la no expresa;
tubos colocados a derecha e izquierda
para que el mar no calle nunca,
y el ala mecánica de los mundos
rumorosa sea.

Y la montaña alzada
sobre la línea ecuatorial de la cabeza:
la nariz de batientes de cera
por donde comienza
a callarse el color de vida;
las dos puertas
por donde adelanta
—flores, ramas y frutas—
la serpiente olorosa de la primavera.

Y el cráter de la boca
de bordes ardidos
y paredes calcinadas y resecas;
el cráter que arroja
el azufre de las palabras violentas,
el humo denso que viene
del corazón y su tormenta;
la puerta
en corales labrada suntuosos
por donde engulle, la bestia,
y el ángel canta y sonríe
y el volcán humano desconcierta.

Se balancea,
arriba,
sobre el cuello,
el mundo de los siete pozos:
la humana cabeza.

Y se abren praderas rosadas
en sus valles de seda:
las mejillas musgosas.

Y riel
sobre la comba de la frente,
desierto blanco,
la luz lejana de una luna muerta…

jueves, 7 de mayo de 2009

Frescores. Juan-Jacobo Bajarlía. Georgette Duvernois-Desbordes. Las 2001 Noches nº 66


GEORGETTE DUVERNOIS-DESBORDES

La medusa encapuchada que amó Luis XI Los clásicos son lúdicos y eróticos. Se expresan con la misma franqueza con que puede hacerlo un Henry Miller. Aristófanes, por ejemplo, nos habla de "...la mensajera/(que) levanta primero las piernas y yo la atravieso" (Los pájaros, V, 1255, muy citado en erotología). Repite una de las posturas eróticas registradas por Carl Forberg (1770-1848) en sus Apophereta, libro que inspiró el Erotischen Kunst (1912) de Eduard Fuchs.
El juego del homo ludens se convierte en la ingenuidad del homo eroticus. Ejemplo de esta metamorfosis la hallamos en Les cent nouvelles nouvelles, relatos atribuidos al príncipe Luis XI, después rey de Francia.
En uno de éstos, el marido sorprende a su mujer con un amante.
Avanza lleno de ira hacia el lecho. El amante tapa la cabeza de la dama y levanta las cobijas para que el marido vea sólo la desnudez de la mujer y se convenza de que no se trata de la que él cree, sino de otra con la que el agraviado no tiene ningún parentesco. Incluso, le hace acariciar un par de veces las nalgas de la mujer. El marido, turbado, opta por retirarse.
Este libro se publicó en inglés con el título de One Hundred Merrie and Delightstome Stories (Cien alegres y sabrosos relatos).
Por último, Les cent nouvelles nouvelles fueron publicadas en París, en 1899. Desde esta edición se pierde toda noticia al respecto.
Luis XI, al escribir estos relatos siguió la tradición; lo mismo hizo Boccaccio en el Decamerón.
Se recuerda, sin embargo, que el relato del marido celoso fue un hecho vivido por el propio Luis XI con una mujer de la corte, llamada Georgette Duvernois-Desbordes, rubia, de mediana estatura, con ojos "más celestes que el cielo", en la expresión de Jules Deschamps.
La variante, esquematizándola, nos habla de que vuelto el caballero a su casa después de haber tocado el cuerpo desnudo (con la cabeza tapada), cuyo honor debió a la magnificencia del príncipe, le dice a su cónyuge que ha visto la más bella mujer desnuda jamás imaginada. Algo que sólo a los ángeles le estaba permitido ver, especialmente "las ebúrneas nalgas florecidas" que Afrodita envidiaría.
Las nalgas y "la dulce herida" que llevaba al paraíso.
Lo que no sospechaba el marido engañado es que ella había tenido tiempo de regresar, adelantándose hábilmente a su llegada.
En otra variante sobre el mismo relato, realizada por Araäljib, el amante le dice al marido: "Si además de tocar, quieres gozarla, no hay ningún inconveniente. Lo único que no debes hacer es destapar su cabeza, porque sobre ella pesa una maldición. Quien ve su cabellera queda ciego. Sólo está destinada a que la posean, pero quedan condenados los que pretendan verla tal cual es".
El marido, dice Araäljib, impulsado por la hermosura de esa desnudez, vacila un instante. Pero el amante salva la situación con estas palabras: "Es mejor que no te acuestes. En el ardor puede ella misma destaparse el rostro. Entonces, nadie te salvará de la maldición".
Oído esto, el marido que había comenzado a desabrocharse, resuelve arreglarse en el toilette contiguo al dormitorio. Este es el instante que aprovecha la mujer para salir precipitadamente por la otra puerta, sospechando que el marido irá a la casa en busca de ella.
Araäljib nos recuerda que este relato llevaba el título de El reverso de la medalla.
JUAN-JACOBO BAJARLÍA
Argentina, 1914

miércoles, 6 de mayo de 2009

"Amor perdido. Los indios" de Miguel Oscar Menassa. Las 2001 Noches nº 39

AMOR PERDIDO
LOS INDIOS


I

Escribir un soneto para un indio es cosa fácil.
Pongo aquí una injusticia, aquí pongo una burla.
Pongo las tumbas violadas de mis antepasados
y para terminar esta cuarteta, una niña vejada.

Un soneto no es cosa complicada para un indio,
puntuando, tengo la humillación de cinco siglos,
en la mitad, precisa, del quehacer estos versos.
Y ahora para hacer el espacio dejo caer el oro.

Y así empieza el final de estos comienzos,
por eso pongo aquí el peso duro de la carne,
nuestros muertos al defender tierra arrebatada.

El cuerpo de la fertilidad de nuestra tierra.
El humus encantado que hace vivir al indio,
esa flor siempre-viva, clavada en las Américas.

II

Esta vez soy el indio que no hará la guerra.
Esta vez soy el indio que no someterán.
Esta vez soy el indio que habla las palabras.
Esta vez soy el indio que se libera en versos.

No véis que ya no quedan puñales en mis ojos,
ni lanzas a caballo corriendo hacia la muerte.
No véis que Cristo ha caído en los Andes,
que ya no quedan, en mis ojos, plegarias.

Esta vez soy el indio que viene del futuro.
No tengo tesoros que guardar, ni templos,
ni mujeres enamoradas, ni tierras fértiles.

No haré la guerra ni el amor, ni escaparé, cobarde.
Provengo de sumergidas Atlántidas del verbo.
Soy el indio poeta, esa civilización imposible.

III

Y soy americano y soy de América.
Mi voz es una voz americana.
Mis lujurias mis locas ambiciones de volar,
son americanas y Madrid, mi querida,
mis pequeños huérfanos parisinos,
no es Europa ni lo será en mil años.
Madrid es trozo central,
del gran diamante americano.
La lengua que genera un don que la supera.
La increíble madre que se quedó sin dueño
y se deja llevar tranquilamente por sus hijos.
El tiempo no es el ser,
pero el ser no puede ser fuera del tiempo

y tiempo es una lengua, una escritura.

Yo soy, de piedra, el indio americano,
que no mató España en la conquista.
Vengo de un cielo, cálido, sin dioses.
De una llanura fértil, casi sin límites.

Soy el sangrante y hablador guaraní,
la pura lágrima, límpida del maya,
el surco abierto, con firmeza, por el inca,
la tristeza, infinita, de lo que no muere.

Soy el árbol, la fruta, el oro, la pérfida esmeralda.
Plata descuartizada, sangriento cobre ametrallado.
Montañas y mujeres saqueadas en nombre de Dios.
Soy de América el verbo, la pluma diferente,
indígena y galáctico, histórico y superfluo,
granítica presencia, hiel de los tiempos.

IV

Aplastado por el hambre crecí profundo,
llegué a tocar, en el centro de la tierra,
en el borde, exacto, de la vida plena,
el fuego máximo, los calores extremos.

Fui expulsado del centro mismo de la tierra,
por ambiciones de mineros y comerciantes.
Las aguas me llevaron hasta donde el océano,
se repliega, sobre sí mismo, para ser el amor.

En esa negra profundidad turbulenta,
donde no había, una cúspide posible,
de la perfecta roca surgió mi cuerpo.

Pescadores y gobernantes me expulsaron del mar.
Y, aún, fuego volcánico, tierra, agua desesperada,
vuelo, ahora, perfilándome viento, letra futura.

V

Hoy quiero hablar de la soberbia del indio americano.
Lágrima que para pedir piedad no ha sido derramada.
Hoy quisiera ser yo que, al escribir, llore ese pedido,
cuando los salvajes recuerdos de mi vida me detienen.

Cualquiera de los jefes diría, sabiamente,
que si hay una lágrima todavía escondida,
una lágrima guardada durante cinco siglos,
pequeña lágrima que, todavía, es nuestra.

Si esa lágrima existe, debe quedarse donde está,
allí, guardada, escondida, esperando el momento,
esperando los truenos, la expansión de la selva.

Esa perla del alma, esa lágrima nuestra,
debe esperar del alba, antes de derramarse,
los gritos enloquecidos de Dios arrepentido.

VI

Este verso es la mano derecha de Tupacamarú.
Este verso es la mano izquierda de Tupacamarú.
Este verso es la pierna derecha de Tupacamarú
Este verso es la pierna izquierda de Tupacamarú.

Este verso es el caballo atado a la mano derecha de
Tupacamarú.
Este verso es el caballo atado a la mano izquierda de
Tupacamarú.
Este verso es el caballo atado a la pierna derecha de
Tupacamarú.
Este verso es el caballo atado a la pierna izquierda de
Tupacamarú.

Este verso es el látigo que espantó los caballos de la derecha.
Este verso es el látigo que espantó los caballos de la izquierda.
Este verso es nada de nada, es el grito que desgarró la tierra.

Este verso es el tiempo de los cuatro caballos reventados.
Este verso es el cuerpo despedazado de Tupacamarú.
Este verso es, por fin, el último verso y está muerto..

martes, 5 de mayo de 2009

"Pequeña Biografía de un hombre contemporáneo" de Germán Pardo García. Las 2001 Noches nº 67

Entre dos guerras deflagró mi vida.
Entre dos apogeos del estrago.

Dos guerras grandes cual el mundo mismo.
Antes de la primera yo fui blanco.

Después de la segunda ya tenía
el color de la pólvora tatuado.

Antes de la primera iba desnudo,
animal inocente por los llanos

frumentales. Después de la segunda,
cota de malla y corazón blindado.

Olía el musgo a semen de leones.
Los arroyos a orines de caballo.

Antes de la primera no tenía
temor del fuego, del rescoldo humano.

Durante la segunda, intensamente
los tuétanos salidos me quemaron.

Pude sobrevivir arrebatándole
a un muerto su rincón. Y así, empujándolo

como a un costal de carcomidos huesos,
lo eché del foso y me escondí en su cárcamo.

Después clamaban a millar de voces
que yo era un resurrecto. Y me apedrearon.

Antes de la primera, humildemente
como se brinda un pan daba la mano.

Después de la segunda la escondía.
Antes de la primera, noble el paso.

El de un hombre sencillo que confiara.
Después de la segunda, brinco largo

de tigre hambriento. Vida bifurcada.
Ni siquiera me duele recordarlo.

Carezco de dolor. No tuve triunfos
ni dignidad y soy uno de tantos

delincuentes que nombran las noticias
cotidianas. Un nadie. Un ser castrado.

Lo demás que pudiera referiros es aún
más torpe, sórdido y extraño.

Intimidad inverecunda y podre.
Mi rostro no es auténtico. Es el falso

que todos ya tenemos; y conmigo
porto un papel. En uno de sus ángulos,

mi única dirección. No es verdadera.
teléfono ficticio y un retrato

lleno de arrugas; máscara de un hombre
deliberadamente equivocado.

Alma y figura, nombre y domicilio,
todo simulación, todo bastardo.

Lo que sé y lo que ignoro y lo que nunca
podré saber. El sueño y lo insoñado.

La inmunda cabellera hasta la espalda.
Un infeliz andrógino barbado.

Mas pudieran valerme estas señales
si algún día vulgar, un día amargo

sin fecha, como hay muchos en la vida;
sin prodigalidad, un día avaro,

yo me muero en la calle como muere
bajo la oscuridad un perro anciano.

domingo, 3 de mayo de 2009

"El poeta es el gran responsable" de León Felipe. Las 2001 Noches nº 14

El poeta es el gran responsable.

La vieja viga maestra que se vino abajo de pronto estaba
apoyada en una canción,
estaba sostenida sobre un salmo.
El salmo sustentaba la cúpula
y también el techo de la lonja.
Y al desplomarse el salmo
se hundió todo el Reino.
Cuando pierde el poeta la gracia y ensucia la canción,
el mercader cambia las medidas
y achica la libra y el almud.
Oíd:
Los salmistas caminan delante del juez,
Y si el salmo se quiebra
se quiebra la ley.

Cuando todo se hundió en España, hace ya tiempo,
antes de la sangre,
los poetas se arrodillaron ante el polvo.
Muchos dejaron la voz
en la mesa de las tabernas,
en las subastas,
en los mercados,
y en las discusiones de las escuelas.
Algunos, para recobrarla, descendieron hasta el betún
profundo de los subterráneos
y otros volaron por encima de las cornisas.
Todos olvidaron que el poeta habla siempre desde el nivel
exacto del hombre.
Y el nivel exacto del hombre es la sombra.

Alguien gritó después sobre las ruinas:
¡Hosanna! ¡Hosanna! Aquí vienen los puros.
Eran los fariseos,
¡eran los fariseos revolucionarios!
Oíd lo que decían:
La Poesía es el verbo en oración.
Pero aquel que no cuente sus plegarias con nuestro rosario
y no escanda sus versos con nuestro compás,
es un publicano que no sabe rezar.
Los que se levantaron entonces en motín y soberbia a
defender la Poesía
fueron tan disolventes como los que después se levantaron a
defender la Libertad.

Luego hablaron los carceleros.
Y uno dijo: la Poesía está secuestrada en una torre;
y otro: la Poesía está en la caña de pescar,
en las mallas de la red
y en el reclamo.
Otro: está en la pirueta
y en el trapecio;
-está en la greguería

en el hai-kai,
en el refrán,
en las migajas sueltas de la hogaza
y en los cristales rotos del gran espejo que se estrelló en el
patio;
-está en la trampa mágica del cubilete;
-está en la rueda de la fortuna;
-está en la rueda de la propaganda;
-está en el musgo rancio de las ruinas eclesiásticas;
-está en los arcones de Don Lope;
-está en el tirso hueco de los pastores áulicos;
-está en el estrabismo y en la joroba de los sodomitas;
-está en los cascabeles cínicos del bufón;
-está en las cordilleras solitarias de la luna;
-está en la voz ronca del gangster,
-del ventrílocuo
y del lobo de la conseja;
-está en el fondo del pozo, entre el légamo de las sabandijas;
-está recluida en la redoma;
-está en el termómetro del invernadero;
-está en la panza polícroma del camaleón,
y en la montera proteica del transformista;
-está en la llama sin leyenda de la imagen inédita;
-está en el beso ígneo, mítico y entrañable del pedernal y
el eslabón;
-está en la gruta helada de las estalactitas
y de los poliedros de cristal;
-está en el laberinto;
-está en el jeroglífico;
-está en el surtidor;
-está en la miniatura y en el guardapelo;
-está en las avellanas horadadas de los rosarios;
-está en la sala misteriosa de los ecos;
-está en la alberca alucinante de Narciso;
-está en las cuencas tétricas de las estatuas;
-está en el cuerno rizado del sátiro barroco;
-está en el misticismo mecánico del aluminio;
-está en el gesto inalterable y deshumanizado del filósofo...

Y el gran hierofante: ¡Silencio todos!
A la Poesía la tengo yo escondida en mi casa, por su gusto
y el mío.
Es mi amante. Y duerme conmigo solamente.
Todos se callaron ante la voz del tirano.
Pero, ¿quién habló así?
¿Era el poeta?
¿Era el ungido el que habló de este modo?
¡Otra vez la soberbia, hija de la hiel y el azufre!
¡Y otra vez el ángel en la charca!
Mirad:
¿La gracia se hizo baba...!
No preguntéis,
no preguntéis ahora,
no preguntéis ya más,
no consultéis a los horóscopos.
Escuchad otra vez esta sentencia:
Cuando el poeta pierde la gracia y ensucia la canción,
Hablan el trueno y la sangre.
El poeta es el gran responsable.
La vieja viga maestra que se vino abajo de pronto
estaba sostenida sobre un salmo.
El salmo sustentaba la cúpula...
y también la espada y el rencor.
Y al desplomarse el salmo...
¡vino la guerra!

II
Yo no soy más que un hombre sin oficio y sin gremio.
No soy un constructor de cepos.
¿Soy yo un constructor de cepos?
¿He dicho alguna vez:
Clavad esas ventanas,
poned vidrios y pinchos en las cercas?
Yo he dicho solamente:
No tengo podadera
ni tampoco un reloj de precisión que marque exactamente
los rítmicos latidos del poema.
Pero sé la hora que es.
No es la hora de la flauta.
¿Piensa alguno
que porque la trilita dispersó los orfeones
tendremos que llamar de nuevo a los flautistas?
No.
No es ésta ya la hora de la flauta.
Es la hora de andar,
de salir de la cueva y de andar,
de andar.. de andar.. de andar..
Yo soy un vagabundo.
No soy un tocador de flauta.
Yo no soy más que un vagabundo
sin ciudad y sin tribu.
Y mi éxodo es ya viejo.
No viene de ayer como el tuyo.
En mis ropas duerme el polvo de todos los caminos
y el sudor de muchas agonías.
Hay saín en la cinta de mi sombrero,
mi bastón se ha doblado
y en la suela de mis zapatos llevo sangre,
llanto

y tierra de muchos cementerios.
Lo que sé, me lo han enseñado
el viento,
los gritos
y la sombra... ¡la sombra!...

Y digo que la Poesía está en la sombra,
en la sombra del mundo donde el hombre, ciego, se revuelve
y grita;
que es un grito en la sombra,
que es un coro de gritos que quieren burlar la sombra,
escapar de la sombra,
asesinar la sombra...
La Poesía está escondida en la sombra.
¿Quién la quiere esconder más todavía?
¿No hay bastantes cerrojos?
Oíd:
No son cerrojos
ni puertas clavadas
ni alcobas silenciosas
ni paredes de musgo
ni ventanas herméticas
lo que necesita la palabra del hombre, sino escalas,
escalas y hogueras
y piquetas y gritos... ¡gritos!
El poema es un grito en la sombra, como el salmo.
Hoy no es más que un salmo en la sombra.
Es también una luz encendida en la niebla,
y la Poesía, un sistema de señales,
un sistema luminoso de señales,
hogueras que encendemos aquí abajo,
entre tinieblas encontradas.
Todos... ¡todos!
(Cualquiera puede encender su corazón en las tinieblas)
para que alguien nos vea,
para que no nos olviden...
¡Aquí estamos, Señor!
La sombra es tuya y mía,
y hoy más negra que nunca.
La sombra es de todos...
y el grito y el salmo también.
¿Es que yo no puedo llorar?
¿Sólo tú puedes quejarte?
¿Job ya no puede lamentarse con la angustia de su espíritu?
¿Ni plañir con la amargura de su alma?
¿Tiene que refrenar la boca?
¿Ya no puede decir:
Aunque hoy es amarga mi queja
mi herida es más grave que mi gemido. Ya no puede gritar:
¿Por qué no me morí yo antes de la matriz?
¿Por qué se me pusieron delante los pechos para que
mamase?
¿Sólo tú,
sólo tú puedes arremeter contra el muro macizo del misterio?
¿No hay más que una piqueta?,
La Poesía... ¿es tuya solamente?
Mientras haya una sombra en el mundo,
la Poesía es mía
y de Job
y de todos los hombres de la sombra.
Mañana será de la luz,
pero hoy la Poesía es de la sombra.
¿Quién es capaz de recluirla?
Hoy.. ahora... ¿quién se atreve a quitármela?
¿Quién,
quién quiere apagar mi canto,
mi canto de música y de piedra-alarido y guijarro?
¿No puedo golpear yo ahora con él,
ahora,
ahora mismo
en la puerta de la injusticia y del tirano,
en el pórtico del silencio y de la sombra?
¿No puedo golpear ahora con él
en el claustro callado del cielo,
en el pecho mismo de Dios,
para pedir una rebanada de luz?...
Porque somos mendigos.
¡No somos mas que mendigos en la sombras

¿No puedo yo gritar en la sombra?
¿No puedo yo cantar en la sombra?
Para que grite conmigo busco yo al hombre y le digo:
la Poesía es un grito en la sombra, grita conmigo;
la Poesía es un canto en la sombra, canta conmigo;
canta, canta y grita... ¡grita!
porque Dios está sordo
y todos se han dormido allá arriba.
La Poesía es el derecho del hombre
a empujar una puerta,
a encender una antorcha,
a derribar un muro,
a despertar al capataz
con un treno
o con una blasfemia.
Porque Job se quejó
y cantó
y lloró
y blasfemó
y pateó furioso en la boca cerrada de Dios,
habló Jehová desde el torbellino.
¡Que hable otra vez!

Todas las lenguas en un salmo único,
todas las bocas en un grito único,
y todas las manos en un ariete solo
para derribar la noche,
para rasgar el silencio,
para echar de nosotros la sombra...
¡para que hable de nuevo Jehová!
¡Habla... habla!
¿No hablaste ya un día
para responder a los aullidos de un solo leproso?
Pues habla ahora con más razón.
Ahora,
ahora, que la humanidad,
ahora que toda la humanidad
no es más que una úlcera gafosa, delirante y pestilente.
Habla otra vez desde el torbellino,
que el hombre te contestará
desde su inmenso muladar
-¡tan grande como tu gloria!-
y sentado sobre un Himalaya de ceniza.
Habla.

-Ciñete pues los lomos como hombre valeroso.
Yo te preguntaré y Tú me harás saber.
-Pregunta.
-¿Has pisado tú por las honduras recónditas del abismo?
-No. Pero he entrado en el imperio corrosivo y sin limites
de la injusticia.
-¿Sabes tú cuándo paren las cabras montesas?
-No. Pero sé cuándo el arzobispo bendice el puñal y la
pólvora.
-Y en cuanto a las tinieblas... ¿dónde está el lugar de las
tinieblas?
-En la mirada y en el pensamiento de los hombres. Tuya
es la luz.
-¿Y has penetrado tú hasta los manantiales del mar?
-No, pero he llegado hasta el venero profundo de las
lágrimas: Mío es el llanto.

Y ahora pregunta el hombre,
ahora pregunto yo... ¡y Tú me harás saber!
¿Para qué sirve el llanto?
Si no es para comprarte la luz ¿para qué sirve el llanto?
¿Por qué hemos aprendido a llorar?
¿El llanto no es más que la baba de un gusano?
¿Lloramos sólo porque Tú has apostado con Satán?
Nuestra lepra,
esta lepra de ahora
¿ha salido también del gran cubilete de tus dados?
¿No somos más que una jugada tirada sobre la mesa verde
de Tu gloria?
¿Apuestas ahí arriba con el Diablo, a la luz y a la sombra
como al negro y al rojo en un garito?
Y ahora... ¿ha ganado el negro...
ha triunfado la sombra?...
¡te ha vencido Satán!
¿Y yo no soy más que una ficha,
una moneda,
una res,
un esclavo...
el objeto que se apuesta...
lo que va de un paño a otro paño
de una bolsa a otra bolsa?
¿Y no puedo gritar?
¿Yo no puedo llorar?
¿No puedo ofrecerte mi llanto,
todo mi llanto por la luz...
por una gota de luz?
Si puedo.
Puedo llorar
y gritar
y patear
y denunciar la trampa.
Y aunque sueltes sobre mi boca todos los ladridos del
trueno, me oirás.
Y aunque arrojes sobre las cuencas de mis ojos las lluvias
y los mares,
la amargura de mis lágrimas te llegará hasta la lengua,
Tuya es la luz...
¡pero el llanto es mío!

III
Escucha, poeta cervatillo,
que buscas tu canción, asustado,
en el cauce del no que se va
y en el viento que te empuja por la espalda...
Escucha:
Todo lo que hay en el mundo es nuestro,
tuyo y mío
y valedero para entrar en un poema,
para alimentar una fogata...

Todo cuanto mi fuego pueda devorar es mío:
todas las palomas de mi alero,
las que ya volaron ayer con otro designio
y los pichones que acaban de nacer..
y también las torcaces que me trajo mi amigo de su
palomar.
Todo buen combustible para sostener encendido mi grito,
todo buen combustible para el horno de mis entrañas
avarientas
es material poético excelente.
Nada es despreciable.
Todo puede entrar en el salmo:
lo ilustre y lo viscoso,
el mar y el albañal,
el halcón y la rata,
el héroe y Chamberlain.
Porque la Poesía es esta fuerza,
esta fuerza de mi sangre,
este fuego de mi corazón,
este llanto rojo de lava
que lo enciende,
que lo funde,
que lo organiza todo en una arquitectura luminosa,
en un alarido,
en un guiño flamígero
bajo las estrellas impasibles.
Os cuento estas cosas a vosotros,
los poetas adolescentes que váis a venir
y los que acabáis de llegar,
nacidos del llanto y del escombro...
que andáis perdidos en la niebla del mundo,
por ciudades extrañas
sin término y sin silla,
buscando consuelo en los poetas que os arrullaron al nacer.
Esos poetas no tienen ya nada que ofrecemos.
Su legado fue un puñado de preceptos enemigos,
un romance de harcas,
una copla tribal,
una flauta
y un ademán oscuro
de sonámbulos,
de borrachos
y de genios rencorosos.

Buscad solos vuestra canción.
En vuestro llanto,
en la sombra cerrada
y en el grito de vuestro exilio
están el verso y la esperanza de mañana.
Que las piedras rotas de los escombros del mundo os sirvan
para apedrear a los que nieguen la luz de vuestras
lágrimas.
No oigáis a los que dicen:
el grito ha perdido la batalla.
Porque el salmo está aún de pie.
Se fue de los templos, como vosotros de la tribu
cuando se hundieron el tejado y la cúpula.
Pero aún está de pie,
de pie y en marcha,
sin ritmo levítico y mecánico
sin rencor ni orgullo de elegido,
sin nación y sin casta
y sin vestiduras eclesiásticas.
¡Oídle... miradle ...!
Viene aullando en la ráfaga negra de todos los vientos,
por todos los caminos de la Tierra.
Es esa voz
loca,
ciega,
acorralada en la noche del mundo,
angustiada y suplicante,
sin lámpara y sin luna, que pregunta
agarrada, en agonía,
a la pez de pellejo que embadurna
estrellas y senderos,
umbrales y ventanas:
Señor, Señor.. ¿por dónde se sale?
¿Sabes tú por dónde se sale?
¿Lo sabe el hombre de la fuerza?
¿Lo sabe el hombre de la ley?
¿Lo sabe el hombre de la mitra?
¿Lo sabe el filósofo inalterable y deshumanizado?
¿Lo sabe el tocador de flauta?
Pues entonces... ¡dejadme gritar!
Maciza y ubicua es la sombra.
Polvo es el aire,
polvo de carbón apagado...
Y si nadie me dice por dónde se sale
¿por qué no he de llorar?

El llanto es la piqueta que se clava en la sombra,
la piqueta que horada el murallón de asfalto
donde se estrellan la razón y la soberbia.
El ritmo,
el número
y el coro
los ha engendrado el llanto.
Y ahora, aquí, el módulo es la lágrima...
Y se sale
por el taladro del gemido.

Y a ver si me entendéis.
No lloro ni grito por mis muertos
ni porque se me haya perdido una vaca
ni porque me aprieten los zapatos...
Lloro y grito porque me han enterrado vivo,
con los ojos abiertos y la lengua caliente.
Lloro porque es la hora del llanto.
(¿O es la hora del retórico y del confitero?)
Y grito porque es la hora del grito,
del grito a tensión que reviente los manómetros
y haga estallar la bóveda de las tumbas.
Yo no soy más que un grito ¡ya lo sé!
un grito como el niño.
Y ahora cuando todos,
el político,
el filósofo
y el arzobispo
han ahuyentado a Dios
yo le llamo con lo que tengo,
con lo que soy.
Y no soy más que un niño,
un niño que grita
que llora y que patea...
Eso soy... y ¿qué?
¿Tienes tú otra cosa que suene mejor?
Ahora aquí
en el mundo de las sombras
el grito vale más que la ley,
más que la razón,
más que la dialéctica...
El ritmo del llanto es dialéctico
hay lágrimas de tesis y antítesis
y lágrimas sintéticas.
El hombre llora en la mañana y en la noche
y entre dos luces cuando canta el gallo.
Mi llanto vale más que la espada
más que la sabiduría
y más que la Revelación.
Mi llanto es la llamada en la puerta de otra Revelación.
Poetas cervatillos:
gritad, llorad todos,
haced de vuestras flautas un lamento
y de vuestras arpas un gemido.

El salmo en masa,
el grito,
el llanto en coro es el que manda.
¡El gemido, el aullido es el amo, el maestro!
Matad a vuestros ídolos antiguos:
al que hace de la flema una virtud,
al que partió el poema
y al que guarda en un cofre la canción.
Porque ¿quién va a decir ahora entre nosotros?
¿quién va a gritar ahora entre las tumbas:
Yo seré el que conduzca,
yo seré el profesor de los que vengan?
¿El poeta?
El poeta es el gran responsable.
Hoy, el gran responsable
de la sangre,
del odio
y del polvo del mundo.
Y no puede iluminar a nadie
ni caminar delante
ni dirigir el coro...


sábado, 2 de mayo de 2009

"Llegó la poesía y me dijo" de Miguel Oscar Menassa. Las 2001 Noches nº 53

LLEGÓ LA POESÍA Y ME DIJO

Un sí o, bien, un no, me hicieron
abrir nuevos caminos, abandonar caminos.

Hasta que topé, una noche, con la poesía
me la pasaba volando de un lado para otro
según el capricho de mis tiernas amadas
que del amor, sólo sabían hacer el amor.

La Poesía me dijo con solvencia
para vivir, un hombre, no necesita volar
menos aún de un lado para otro tras su amada.
Un hombre debe tener los pies a la altura de los pies.

El alma al alcance de una breve caricia,
el sol sobre la tierra a la hora del sol,
el cuerpo y la palabra cual ríos disponibles
y a la noche algún sueño, una historia de amor.

Un hombre tiene todas sus esperanzas en el hombre
Un hombre tiene como bandera la libertad.
Le da agua al sediento y lucha por un trozo de pan
y ama, hace como que ama pero no sabe amar.

Un hombre, dijo la Poesía, con severidad.
Un hombre sabe que morirá y no le importa.
Sabe que muere cuando escribe y, sin embargo, escribe.
Sabe que cada amor le mata y, sin embargo, se enamora.

Un hombre, le dije, ambiciona volar
y aunque no pueda no le importa.

Ambiciona volar, ama la ilusión de volar.
Sentir en ese instante que algún día...

Un hombre, poesía, es capaz de matar,
es capaz de comerse el corazón amado,
quitarse de la boca con asco un beso de amor
y amar, de sus cautivos amantes, el dinero.

También una tarde cualquiera un hombre
se deja acariciar por una brisa, un aire,
un sentimiento lo golpea en el pecho
y el pobre hombre cayendo se enamora.

Y hace como si tuviera sangre en las venas
y salta y corre y se acaricia con frenesí
y quiere entregarse, totalmente, por amor
y, ahí, viene la policía y lo encarcelan.

Me sigues, poesía, del hombre hablamos.
Es capaz de morir por ideales falsos
capaz de hacer la guerra por casi nada
dejar morir su otra mitad, en silencio.

Se mete en el centro del volcán y lo desafía.
Quiere atravesar los océanos con su cuerpo,
tocar la inmensidad, el cielo con sus versos
agujerear el vientre de la montaña, la piedra.

El hombre quiere llegar con sus latidos
al centro desconocido de la tierra,
a la vida íntima de todos sus amantes,
quiere llegar, al corazón de las cosas.

Y se enamora, poesía,
y se pudre como una flor al sol
cuando alguien se muere o le abandona.

viernes, 1 de mayo de 2009

Primero de mayo, día internacional del trabajo. Las 2001 Noches nº 35

AÑO 2000, PRIMERO DE MAYO, DÍA INTERNACIONAL DEL TRABAJO

En uno de mis poemas de juventud llegué a decir: «No estoy maravillado por mi vida. Estoy arteramente sorprendido por mi vida» en ese momento (1976–1981), los pasajes más negros del exilio hacían verdadero mi decir. Lo que no pude saber en ese momento fue que, 25 años después, mi vida me volvería a sorprender arteramente.
Hace 25 años, un cuarto de siglo, ninguna felicidad esperaba a un hombre que lo había abandonado todo para seguir viviendo. Fue, entonces, cuando fui atravesado por una frase del inmenso poeta cubano, José Martí: «La felicidad sólo puede hallarse en el camino del trabajo» y volví a tener ilusiones de ser feliz, podía producir con mi trabajo un poco de felicidad para mi pequeña familia.
El sólo pensarlo me hacía feliz.
Lo que no sabía hace 25 años era que a los trabajadores se los puede explotar de una manera absoluta, se los puede estafar impunemente.
Y entonces fue cuando escribí:
«No fui feliz porque ser feliz es una argucia del sistema.»
Después, también, me dije:
EN UNA SOCIEDAD JUSTA EL TRABAJO ES UN DON.
Hacer dinero no sirve para nada. Lo importante para la humanidad es generar trabajo y para cuanta más gente mejor.
Esa será toda nuestra riqueza, trabajar hasta casi morir y, aún, tendremos tiempo para el amor, la poesía, el dinero (si alguno lo deseara), la loca soledad de la vejez y esas conversaciones, absolutamente, cotidianas que entre nosotros, los poetas, han producido, también, el trabajo.
Antes de conversar no sabíamos que el trabajo puede modificar la naturaleza de las cosas. De todas las cosas.
Dios ¿acaso lo sería sin sus escritores?
Hasta Dios sería justo si alguien lo escribiera.
Y qué decir de las clases sociales que produjo el trabajo, cuando el mismo trabajo produjo el, aparente, desorden actual donde la gente, (intelectuales de todo tipo, locutores haciendo de maestros) ha llegado a pronunciar en voz alta y a publicar en grandes titulares: LAS CLASES SOCIALES NO EXISTEN.
Y, por último, porque sé que me aman, me pregunto:
¿Qué sería del Inconsciente sin el trabajo de Freud, sin nuestro trabajo?
Y la poesía, mentecatos, ¿qué sería la poesía sin el trabajo de los poetas?
A ver ¿qué sería el mar, el inmenso mar, sin mi mirada?
Vengan a mí los libros, es el mundo que amo.

EL OBRERO INVISIBLE