Lejos,
de corazón en corazón,
más allá de la copa de niebla que me aspira desde el fondo del
vértigo,
siento el redoble con que me convocan a la tierra de nadie.
(¿Quién se levanta en mí?
¿Quién se alza del sitial de su agonía, de su estera de zarzas,
y camina con la memoria de mi pie?)
Dejo mi cuerpo a solas igual que una armadura de intemperie
hacia adentro
y depongo mi nombre como un arma que solamente hiere.
(¿Dónde salgo a mi encuentro
con el arrobamiento de la luna contra el cristal de todos los
albergues?)
Abro con otras manos la entrada del sendero que no sé
adónde da y avanzo con la noche de los desconocidos.
(¿Dónde llevaba el día mi señal,
pálida en su aislamiento,
la huella de una insignia que mi pobre victoria arrebataba al
tiempo?)
Miro desde otros ojos esta pared de brumas
en donde cada uno ha marcado con sangre el jeroglífico de su
soledad,
y suelta sus amarras y se va en un adiós de velero fantasma hacia
el naufragio.
(¿No había en otra parte, lejos, en otro tiempo,
una tierra extranjera,
una raza de todos menos uno, que se llamó la raza de los otros,
un lenguaje de ciegos que ascendía en zumbidos y en burbujas
hasta la sorda noche?)
Desde adentro de todos no hay más que una morada bajo un friso
de máscaras;
desde adentro de todos hay una sola efigie que fue inscripta en el
revés del alma;
desde adentro de todos cada historia sucede en todas partes:
no hay muerte que no mate,
no hay nacimiento ajeno ni amor deshabitado.
(¿No éramos el rehén de una caída,
una lluvia de piedras desprendida del cielo,
un reguero de insectos tratando de cruzar la hoguera del
castigo?)
Cualquier hombre es la versión en sombras de un Gran Rey
herido en su costado.
Despierto en cada sueño con el sueño con que Alguien
sueña el mundo.
Es víspera de Dios.
Está uniendo en nosotros sus pedazos.
miércoles, 27 de junio de 2012
miércoles, 2 de mayo de 2012
LA INJUSTICIA de Dámaso Alonso. Las 2001 Noches nº 106
¿De qué sima te yergues, sombra negra?
¿Qué buscas?
Los oteros,
como lagartos verdes, se asoman a los valles
que se hunden entre nieblas en la infancia del mundo.
Y sestean, abiertos, los rebaños,
mientras la luz palpita, siempre recién creada,
mientras se comba el tiempo, rubio mastín que
duerme a las puertas de Dios.
Pero tú vienes, mancha lóbrega,
reina de las cavernas, galopante en el cierzo, tras
tus corvas pupilas, proyectadas
como dos meteoros crecientes de lo oscuro,
cabalgando en las rojas melenas del ocaso,
flagelando las cumbres
con cabellos de sierpes, látigos de granizo.
Llegas,
oquedad devorante de siglos y de mundos,
como una inmensa tumba,
empujada por furias que ahincan sus testuces,
duros chivos erectos, sin oídos, sin ojos,
que la terneza ignoran.
Sí, del abismo llegas,
hosco sol de negruras, llegas siempre,
onda turbia, sin fin, sin fin manante,
contraria del amor, cuando él nacida
en el día primero.
Tú empañas con tu mano
de húmeda noche los cristales tibios
donde al azul se asoma la niñez transparente,
cuando apenas
era tierna la dicha, se estrenaba la luz,
y pones en la nítida mirada
la primer llama verde
de los turbios pantanos.
Tú amontonas el odio en la charca inverniza
del corazón del viejo,
y azuzas el espanto
de su triste jauría abandonada
que ladra furibunda en el hondón del bosque.
Y van los hombres, desgajados pinos,
del oquedal en llamas, por la barranca abajo,
rebotando en las quiebras,
como teas de sombra, ya lívidas, ya ocres,
como blasfemias que al infierno caen.
... Hoy llegas hasta mí.
He sentido la espina de tus podridos cardos,
el vaho de ponzoña de tu lengua
y el girón de tus alas que arremolina el aire.
El alma era un aullido
y mi carne mortal se helaba hasta los tuétanos.
Hiere, hiere, sembradora del odio:
no ha de saltar el odio, como llama de azufre, de
mi herida.
Heme aquí:
soy hombre, como un dios,
soy hombre, dulce niebla, centro cálido,
pasajero bullir de un metal misterioso que irradia
la ternura.
Podrás herir la carne
y aun retorcer el alma como un lienzo:
no apagarás la brasa del gran amor que fulge
dentro del corazón,
bestia maldita.
Podrás herir la carne.
No morderás mi corazón,
madre del odio.
Nunca en mi corazón,
reina del mundo.
¿Qué buscas?
Los oteros,
como lagartos verdes, se asoman a los valles
que se hunden entre nieblas en la infancia del mundo.
Y sestean, abiertos, los rebaños,
mientras la luz palpita, siempre recién creada,
mientras se comba el tiempo, rubio mastín que
duerme a las puertas de Dios.
Pero tú vienes, mancha lóbrega,
reina de las cavernas, galopante en el cierzo, tras
tus corvas pupilas, proyectadas
como dos meteoros crecientes de lo oscuro,
cabalgando en las rojas melenas del ocaso,
flagelando las cumbres
con cabellos de sierpes, látigos de granizo.
Llegas,
oquedad devorante de siglos y de mundos,
como una inmensa tumba,
empujada por furias que ahincan sus testuces,
duros chivos erectos, sin oídos, sin ojos,
que la terneza ignoran.
Sí, del abismo llegas,
hosco sol de negruras, llegas siempre,
onda turbia, sin fin, sin fin manante,
contraria del amor, cuando él nacida
en el día primero.
Tú empañas con tu mano
de húmeda noche los cristales tibios
donde al azul se asoma la niñez transparente,
cuando apenas
era tierna la dicha, se estrenaba la luz,
y pones en la nítida mirada
la primer llama verde
de los turbios pantanos.
Tú amontonas el odio en la charca inverniza
del corazón del viejo,
y azuzas el espanto
de su triste jauría abandonada
que ladra furibunda en el hondón del bosque.
Y van los hombres, desgajados pinos,
del oquedal en llamas, por la barranca abajo,
rebotando en las quiebras,
como teas de sombra, ya lívidas, ya ocres,
como blasfemias que al infierno caen.
... Hoy llegas hasta mí.
He sentido la espina de tus podridos cardos,
el vaho de ponzoña de tu lengua
y el girón de tus alas que arremolina el aire.
El alma era un aullido
y mi carne mortal se helaba hasta los tuétanos.
Hiere, hiere, sembradora del odio:
no ha de saltar el odio, como llama de azufre, de
mi herida.
Heme aquí:
soy hombre, como un dios,
soy hombre, dulce niebla, centro cálido,
pasajero bullir de un metal misterioso que irradia
la ternura.
Podrás herir la carne
y aun retorcer el alma como un lienzo:
no apagarás la brasa del gran amor que fulge
dentro del corazón,
bestia maldita.
Podrás herir la carne.
No morderás mi corazón,
madre del odio.
Nunca en mi corazón,
reina del mundo.
Etiquetas:
Dámaso Alonso,
las 2001 Noches,
poesía
miércoles, 25 de abril de 2012
CONCEPCIÓN SILVA de Concepción Silva Belinzón. Las 2001 Noches nº 28
Puedes reconocerme(eternidad enorme sin verdugos)
falta comida
y gatos
cuán brutal era el amo que tenía.
falta comida
y gatos
cuán brutal era el amo que tenía.
Todo perdido o casi todo
abierta perspicacia.
abierta perspicacia.
En avance secreto,
liberadas por manos las glicinas
quedaron sostenidas
contempladas;
limpiaremos los nudos que yo adoro.
liberadas por manos las glicinas
quedaron sostenidas
contempladas;
limpiaremos los nudos que yo adoro.
Puedes reconocerme
cuando buscas refugio
bajo sedas que aún hinchan
mis terrores;
porque entre tantos seres
me elevo rectilínea
entre mil ingredientes de penumbras.
cuando buscas refugio
bajo sedas que aún hinchan
mis terrores;
porque entre tantos seres
me elevo rectilínea
entre mil ingredientes de penumbras.
Viva masa total
con que adherí mis puentes
en la noche sin vendas
ni caprichos.
Una rosa de pan a este mendigo.
con que adherí mis puentes
en la noche sin vendas
ni caprichos.
Una rosa de pan a este mendigo.
Etiquetas:
Concepción Silva Belinzón,
las 2001 Noches,
poesía
martes, 17 de abril de 2012
TODOS LOS AYERES, UN SUEÑO de Jorge Luis Borges. Las 2001 Noches 126
Naderías. El nombre de Muraña,
una mano templando una guitarra,
una voz, hoy pretérita que narra
para la tarde una perdida hazaña
de burdel o de atrio, una porfía,
dos hierros, hoy herrumbre, que chocaron
y alguien quedó tendido, me bastaron
para erigir una mitología.
Una mitología ensangrentada
que ahora es el ayer. La sabia historia
de las aulas no es menos ilusoria
que esa mitología de la nada.
El pasado es arcilla que el presente
labra a su antojo. Interminablemente.
una mano templando una guitarra,
una voz, hoy pretérita que narra
para la tarde una perdida hazaña
de burdel o de atrio, una porfía,
dos hierros, hoy herrumbre, que chocaron
y alguien quedó tendido, me bastaron
para erigir una mitología.
Una mitología ensangrentada
que ahora es el ayer. La sabia historia
de las aulas no es menos ilusoria
que esa mitología de la nada.
El pasado es arcilla que el presente
labra a su antojo. Interminablemente.
Etiquetas:
"Las 2001 noches",
Jorge Luis Borges,
poesía
lunes, 16 de abril de 2012
CRISTO de León Felipe. Las 2001 Noches nº 45
Viniste a glorificar las lágrimas...
no a enjugarlas...
Viniste a abrir las heridas...
no a cerrarlas.
Viniste a encender las hogueras...
no a apagarlas...
Viniste a decir:
¡Que corra el llanto,
la sangre y el fuego...
como el agua!
no a enjugarlas...
Viniste a abrir las heridas...
no a cerrarlas.
Viniste a encender las hogueras...
no a apagarlas...
Viniste a decir:
¡Que corra el llanto,
la sangre y el fuego...
como el agua!
Etiquetas:
las 2001 Noches,
León Felipe,
poesía
lunes, 9 de abril de 2012
MEMORIAL INDOLENTE de Enrique Molina. Las 2001 Noches nº 7
1
Es de ese hechizo que hablo
De esas confluencias de fósforo de esos movimientos de la hierba más íntima bajo él roce de un ala
De su poder y de su abismo de su gran tiara de llamas y de su corona baldía de prostituta
y de sus ojos que giran de súbito hasta el blanco para descubrir las raíces más oscuras del alma
Esa gloria carnal de la mujer
Remolino de trópicos y sol de temblor de ola preguntas humeantes de tótem y de aluvión de labios en las mareas secretas del azar
En la simultaneidad milagrosa de dos cuerpos sobre las dunas más tibias de la tierra
Tan hondo en los cimientos de la dulzura en tales cautiverios de carretera que se desborda en tales luces de andén del fin del mundo en una niebla de caricias
Tan lejos ese olor de tren húmedo en viaje esa melodía de desaparecer a través de los paisajes de este reino
y la gravedad de la tierra
La adorable atracción de su masa conjurando unos vestidos y unos cuerpos que caen como un ángel que desciende
Y la gravedad del cielo
Arrebatando hacia una cúpula de pájaros el suspiro de éxtasis de una playa que se retuerce como el relámpago
La mujer matorral de diálogos del viento y la noche la mujer sin orillas en sus gestos de entrega y de delirio en las vastas llanuras de sus venas y su contacto de torrente
Para iluminar hasta las vértebras la respiración y el terror del amante entre sus brazos de hojas blancas donde transpira un país de grandes desarraigos
Tambor de ceremonia y de sumisión
La mujer de mil rostros fulgurantes de mil fantasmas irresistibles y densos cuya sangre bate en sueños o se funde a las lluvias
La viva mujer carnal de cuerpo de adiós y de eclipse
II
En la oscuridad
Aún vuelvo a entrever los largos cabellos que alguna vez flotaron sobre mi rostro de pan de los campos
Sobre mis ojos entrecerrados hasta vislumbrar por sus ranuras la luna fangosa de los esteros a través del pecho de la dulce mujer de servidumbre inclinada sobre mi pecho
Tales muchachas surgían con trenzas sofocantes
-¡Isolina!-
Y yo no hablo de nostalgias no vuelvo una cabeza de llanto hacia un tesoro que es mi propia sangre toda esa plenitud del deseo fue mía de una vez y por siempre
Ellas se movían en torno como la sombra de los árboles
Un rumor de vegetación y de voces un gran globo dorado de cosas imposibles y desconocidas ascendía de sus presencias y del halo de sus senos
Mujeres supersticiosas en sus costumbres del corazón de la luz con sus espejuelos de magia y sus negros tobillos entregados al rocío de la hierba
El color seco y traslúcido de sus ojos como un ala de cigarra
Con sus pensamientos a ras de la grandeza del verano sus peines incrustados en colas de caballo y sus vuelos hasta el fondo ancestral de su raza sobre las barrancas
Entre la humareda de sibilas de sus braseros los cuartos llenos de apariciones y catres donde de pronto se encendían los espejismos de la revelación en las penumbras del sexo
La siesta a sus pies fijos en ellas sus ojos de iguana cuando hacían resplandecer las rosas ahumadas de su piel con todos los aceites de la pereza
-¡Oh inmoladas!-
Mujeres de un sufrimiento tierno en los lechos de hierro de un paraíso de concubinato y de éxodo planchadoras acariciantes bailantas de miel negra allá lejos sonríen aún como el resplandor de grandes hojas doradas de tabaco la garganta y la nuca con un reverbero meloso que descendía hacia sus senos y sus nalgas
Establecidas como focos en extensiones polvorientas en un murmullo de falsos rosarios recitados con el vino de las palmeras
Sirvientas oscuras servidoras de sangre y de polvo de las constelaciones
Danzaban
Y de sus ritos emanaba un furor indeleble para injuriar cualquier dicha que no fuera su lazo de culebras de la tentación y el sudor de sus cuerpos impregnados por todos los azúcares del agua
Perdidas como el aliento pasional de sus axilas
Desnudas todavía como un puñal hembra asestado en las derivas de esa provincia invadiendo lentamente mi ser con el polen calcinado de su pelo
He oído su silbo de casuarinas sobre el tejado
Su grito de augurio indescifrable en mi corazón
Ahora sólo recuperadas por los dioses deshechos de la arena por los demonios que sacan la lengua entre las nubes de la lejanía
Recuperadas una vez más por el sabor de inalcanzable horizonte que hierve en mis labios
III
¡Oh ignorante! Desterrado de los abrazos de su origen insatisfecho como una gaviota el hechizo se ha roto como un cometa deshojado en la sombra
Cada edad con su sentencia con el dardo de la extraña mujer destinada a la evaporación y al insomnio sus venas hundidas en el arco iris
Extraviado
¿Hasta qué asfixia de ciudad atronadora prosigue tu súplica la risa de esos cuerpos con sus diademas imaginarias en brazos siempre ajenos...?
IV
La abandonada
¿Acaso no ha surgido lentamente de sus negros espejos como la herida de un sol ajado a lo largo de un país vagabundo...?
En su cálido pozo nocturno -¡Oh saqueador!- tu borrarás su rostro y el anillo mimoso de su voz
Dormida bajo el vértigo de su plumaje ahora despierta en una noche extranjera en la jaula absorta de la ausencia
La desconocida girando en la sequía para descubrir como una llaga su lado de sombra
Todo vínculo es ola adiós desamparo
De todo amor se alza siempre un gran pájaro que huye
De todo cuerpo
Se revela una extensión desierta y sin memoria un plano lunar donde los besos se pierden
Donde el mundo termina casi con un susurro
V
Oh mi naturaleza violenta indiferente a las ratas de la salvación
Me ha sido revelado mi más profundo secreto:
Estaba hechizado por el hambre clarificado por el calor desmedido de mis sienes por ese soplo de solfatara de nacer y morir a cada latido en mi irreprimible condición de mendigo del sol
Ignorante de todo sello si no fueran las leyes inéditas de la marea si no fuera esa intemperie
Nacida de dos seres que se aman
Mi sexo me salva sin plegarias como el hacha del verdugo salva de todo límite a un águila de sangre
VI
Bajo su máscara de agravios ella avanza para juzgarte desde su historia inextinguible
Sus ropas esparcidas entre los cantos de una novela de fiebre y un hilo de sangre plateada fluyendo de sus ojos con las promesas perdidas de la costa
¿Pero qué días de saqueo qué despiadada levadura de gran salud de lo inestable qué desastres enamorados conducen a su fin tales romances
Tales codicias entre las glorias de la lluvia...?
VII
Basta
Bestia tierna del extravío termina tu brebaje
Bárbaro de tu aliento entre los sentidos del sol entre la conjugación de naranjas de tu boca y esa luz de pinzas de cangrejo que asciende por tus piernas y tu médula como un gran estremecimiento del océano
Y el espejo de ese rostro que avanza hacia ti desde qué inmensa aventura que comienza condenado desde siempre a virar de improviso hacia una tierra indecisa
Ansiosa tierra a saco sin una fruta que respire en calma sin una piedra dormida
A flores devorantes a tea de incendiario a silbo de alas de pájaro de presa
Tierra de fermento y de ansiedad
VIII
Músculos de tensión embriagadora de tempestad donde la gaviota disuelve su periplo
Un reino fáustico de mujeres todos esos corrosivos resúmenes de las violencias de tu corazón
Servidoras de polvo y de sueño
Sólo recuperadas por la atmósfera frenética del sobresalto por la incandescencia de esos dones desesperados que atraviesan el día con su navaja
Recuperadas una vez más mientras el oleaje golpea contra la borda de un barco y ellas relucen con la belleza tantálica del mar
He oído su silbo de casuarinas sobre el tejado
Su grito de augurio indescifrable en mi corazón
En esta gran unidad palpitante del viento y la playa de la respiración y de la muerte del centelleo de la distancia y el temblor de una caricia más allá de todas las apariencias humanas
Es de ese hechizo que hablo
De esas confluencias de fósforo de esos movimientos de la hierba más íntima bajo él roce de un ala
De su poder y de su abismo de su gran tiara de llamas y de su corona baldía de prostituta
y de sus ojos que giran de súbito hasta el blanco para descubrir las raíces más oscuras del alma
Esa gloria carnal de la mujer
Remolino de trópicos y sol de temblor de ola preguntas humeantes de tótem y de aluvión de labios en las mareas secretas del azar
En la simultaneidad milagrosa de dos cuerpos sobre las dunas más tibias de la tierra
Tan hondo en los cimientos de la dulzura en tales cautiverios de carretera que se desborda en tales luces de andén del fin del mundo en una niebla de caricias
Tan lejos ese olor de tren húmedo en viaje esa melodía de desaparecer a través de los paisajes de este reino
y la gravedad de la tierra
La adorable atracción de su masa conjurando unos vestidos y unos cuerpos que caen como un ángel que desciende
Y la gravedad del cielo
Arrebatando hacia una cúpula de pájaros el suspiro de éxtasis de una playa que se retuerce como el relámpago
La mujer matorral de diálogos del viento y la noche la mujer sin orillas en sus gestos de entrega y de delirio en las vastas llanuras de sus venas y su contacto de torrente
Para iluminar hasta las vértebras la respiración y el terror del amante entre sus brazos de hojas blancas donde transpira un país de grandes desarraigos
Tambor de ceremonia y de sumisión
La mujer de mil rostros fulgurantes de mil fantasmas irresistibles y densos cuya sangre bate en sueños o se funde a las lluvias
La viva mujer carnal de cuerpo de adiós y de eclipse
II
En la oscuridad
Aún vuelvo a entrever los largos cabellos que alguna vez flotaron sobre mi rostro de pan de los campos
Sobre mis ojos entrecerrados hasta vislumbrar por sus ranuras la luna fangosa de los esteros a través del pecho de la dulce mujer de servidumbre inclinada sobre mi pecho
Tales muchachas surgían con trenzas sofocantes
-¡Isolina!-
Y yo no hablo de nostalgias no vuelvo una cabeza de llanto hacia un tesoro que es mi propia sangre toda esa plenitud del deseo fue mía de una vez y por siempre
Ellas se movían en torno como la sombra de los árboles
Un rumor de vegetación y de voces un gran globo dorado de cosas imposibles y desconocidas ascendía de sus presencias y del halo de sus senos
Mujeres supersticiosas en sus costumbres del corazón de la luz con sus espejuelos de magia y sus negros tobillos entregados al rocío de la hierba
El color seco y traslúcido de sus ojos como un ala de cigarra
Con sus pensamientos a ras de la grandeza del verano sus peines incrustados en colas de caballo y sus vuelos hasta el fondo ancestral de su raza sobre las barrancas
Entre la humareda de sibilas de sus braseros los cuartos llenos de apariciones y catres donde de pronto se encendían los espejismos de la revelación en las penumbras del sexo
La siesta a sus pies fijos en ellas sus ojos de iguana cuando hacían resplandecer las rosas ahumadas de su piel con todos los aceites de la pereza
-¡Oh inmoladas!-
Mujeres de un sufrimiento tierno en los lechos de hierro de un paraíso de concubinato y de éxodo planchadoras acariciantes bailantas de miel negra allá lejos sonríen aún como el resplandor de grandes hojas doradas de tabaco la garganta y la nuca con un reverbero meloso que descendía hacia sus senos y sus nalgas
Establecidas como focos en extensiones polvorientas en un murmullo de falsos rosarios recitados con el vino de las palmeras
Sirvientas oscuras servidoras de sangre y de polvo de las constelaciones
Danzaban
Y de sus ritos emanaba un furor indeleble para injuriar cualquier dicha que no fuera su lazo de culebras de la tentación y el sudor de sus cuerpos impregnados por todos los azúcares del agua
Perdidas como el aliento pasional de sus axilas
Desnudas todavía como un puñal hembra asestado en las derivas de esa provincia invadiendo lentamente mi ser con el polen calcinado de su pelo
He oído su silbo de casuarinas sobre el tejado
Su grito de augurio indescifrable en mi corazón
Ahora sólo recuperadas por los dioses deshechos de la arena por los demonios que sacan la lengua entre las nubes de la lejanía
Recuperadas una vez más por el sabor de inalcanzable horizonte que hierve en mis labios
III
¡Oh ignorante! Desterrado de los abrazos de su origen insatisfecho como una gaviota el hechizo se ha roto como un cometa deshojado en la sombra
Cada edad con su sentencia con el dardo de la extraña mujer destinada a la evaporación y al insomnio sus venas hundidas en el arco iris
Extraviado
¿Hasta qué asfixia de ciudad atronadora prosigue tu súplica la risa de esos cuerpos con sus diademas imaginarias en brazos siempre ajenos...?
IV
La abandonada
¿Acaso no ha surgido lentamente de sus negros espejos como la herida de un sol ajado a lo largo de un país vagabundo...?
En su cálido pozo nocturno -¡Oh saqueador!- tu borrarás su rostro y el anillo mimoso de su voz
Dormida bajo el vértigo de su plumaje ahora despierta en una noche extranjera en la jaula absorta de la ausencia
La desconocida girando en la sequía para descubrir como una llaga su lado de sombra
Todo vínculo es ola adiós desamparo
De todo amor se alza siempre un gran pájaro que huye
De todo cuerpo
Se revela una extensión desierta y sin memoria un plano lunar donde los besos se pierden
Donde el mundo termina casi con un susurro
V
Oh mi naturaleza violenta indiferente a las ratas de la salvación
Me ha sido revelado mi más profundo secreto:
Estaba hechizado por el hambre clarificado por el calor desmedido de mis sienes por ese soplo de solfatara de nacer y morir a cada latido en mi irreprimible condición de mendigo del sol
Ignorante de todo sello si no fueran las leyes inéditas de la marea si no fuera esa intemperie
Nacida de dos seres que se aman
Mi sexo me salva sin plegarias como el hacha del verdugo salva de todo límite a un águila de sangre
VI
Bajo su máscara de agravios ella avanza para juzgarte desde su historia inextinguible
Sus ropas esparcidas entre los cantos de una novela de fiebre y un hilo de sangre plateada fluyendo de sus ojos con las promesas perdidas de la costa
¿Pero qué días de saqueo qué despiadada levadura de gran salud de lo inestable qué desastres enamorados conducen a su fin tales romances
Tales codicias entre las glorias de la lluvia...?
VII
Basta
Bestia tierna del extravío termina tu brebaje
Bárbaro de tu aliento entre los sentidos del sol entre la conjugación de naranjas de tu boca y esa luz de pinzas de cangrejo que asciende por tus piernas y tu médula como un gran estremecimiento del océano
Y el espejo de ese rostro que avanza hacia ti desde qué inmensa aventura que comienza condenado desde siempre a virar de improviso hacia una tierra indecisa
Ansiosa tierra a saco sin una fruta que respire en calma sin una piedra dormida
A flores devorantes a tea de incendiario a silbo de alas de pájaro de presa
Tierra de fermento y de ansiedad
VIII
Músculos de tensión embriagadora de tempestad donde la gaviota disuelve su periplo
Un reino fáustico de mujeres todos esos corrosivos resúmenes de las violencias de tu corazón
Servidoras de polvo y de sueño
Sólo recuperadas por la atmósfera frenética del sobresalto por la incandescencia de esos dones desesperados que atraviesan el día con su navaja
Recuperadas una vez más mientras el oleaje golpea contra la borda de un barco y ellas relucen con la belleza tantálica del mar
He oído su silbo de casuarinas sobre el tejado
Su grito de augurio indescifrable en mi corazón
En esta gran unidad palpitante del viento y la playa de la respiración y de la muerte del centelleo de la distancia y el temblor de una caricia más allá de todas las apariencias humanas
Etiquetas:
Enrique Molina,
las 2001 Noches,
poesía
viernes, 6 de abril de 2012
LA LUNA CON GATILLO de Raúl González Tuñón. Las 2001 Noches nº 122
Es preciso que nos entendamos.
Yo hablo de algo seguro y de algo posible.
Seguro es que todos coman
y vivan dignamente
y es posible saber algún día
muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces, es necesario que esto cambie.
El carpintero ha hecho esta mesa
verdaderamente perfecta
donde se inclina la niña dorada
y el celeste padre rezonga.
Un ebanista, un albañíl,
un herrero, un zapatero,
también saben lo suyo.
El minero baja a la mina,
al fondo de la estrella muerta.
El campesino siembra y siega
la estrella ya resucitada.
Todo sería maravilloso
si cada cual viviera dignamente.
Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.
Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota,
no se puede cambiar el mundo.
Con una carabina,
con un libro,
eso es posible.
¿Comprendéis por qué
el poeta y el soldado
pueden ser una misma cosa?
He marchado detrás de los obreros lúcidos
y no me arrepiento.
Ellos saben lo que quieren
y yo quiero lo que ellos quieren:
la libertad, bien entendida.
El poeta es siempre poeta
pero es bueno que al fin comprenda
de una manera alegre y terrible
cuánto mejor sería para todos
que esto cambiara.
Yo los seguí
y ellos me siguieron.
¡Ahí está la cosa!
Cuando haya que lanzar la pólvora
el hombre lanzará la pólvora.
Cuando haya que lanzar el libro
el hombre lanzará el libro.
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.
Digo al pequeño cura
y al ateo de rebotica
y al ensayista,
al neutral,
al solemne
y al frívolo,
al notario y a la corista,
al buen enterrador,
al silencioso vecino del tercero,
a mi amiga que toca el acordeón:
-Mirad la mosca aplastada
bajo la campana de vidrio.
No quiero ser la mosca aplastada.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
No quiero ser abeja.
No quiero ser únicamente cigarra.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre
y no quiero ser, jamás,
una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.
Ni colmena, ni hormiguero,
no comparéis a los hombres
nada más que con los hombres.
Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha.
www.momgallery.com
1 dibujo diario + 1 cuadro semanal
Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con una piel nueva
de hombre flamante.
No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!
No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.
Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.
Yo hablo de algo seguro y de algo posible.
Seguro es que todos coman
y vivan dignamente
y es posible saber algún día
muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces, es necesario que esto cambie.
El carpintero ha hecho esta mesa
verdaderamente perfecta
donde se inclina la niña dorada
y el celeste padre rezonga.
Un ebanista, un albañíl,
un herrero, un zapatero,
también saben lo suyo.
El minero baja a la mina,
al fondo de la estrella muerta.
El campesino siembra y siega
la estrella ya resucitada.
Todo sería maravilloso
si cada cual viviera dignamente.
Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.
Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota,
no se puede cambiar el mundo.
Con una carabina,
con un libro,
eso es posible.
¿Comprendéis por qué
el poeta y el soldado
pueden ser una misma cosa?
He marchado detrás de los obreros lúcidos
y no me arrepiento.
Ellos saben lo que quieren
y yo quiero lo que ellos quieren:
la libertad, bien entendida.
El poeta es siempre poeta
pero es bueno que al fin comprenda
de una manera alegre y terrible
cuánto mejor sería para todos
que esto cambiara.
Yo los seguí
y ellos me siguieron.
¡Ahí está la cosa!
Cuando haya que lanzar la pólvora
el hombre lanzará la pólvora.
Cuando haya que lanzar el libro
el hombre lanzará el libro.
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.
Digo al pequeño cura
y al ateo de rebotica
y al ensayista,
al neutral,
al solemne
y al frívolo,
al notario y a la corista,
al buen enterrador,
al silencioso vecino del tercero,
a mi amiga que toca el acordeón:
-Mirad la mosca aplastada
bajo la campana de vidrio.
No quiero ser la mosca aplastada.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
No quiero ser abeja.
No quiero ser únicamente cigarra.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre
y no quiero ser, jamás,
una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.
Ni colmena, ni hormiguero,
no comparéis a los hombres
nada más que con los hombres.
Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha.
www.momgallery.com
1 dibujo diario + 1 cuadro semanal
Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con una piel nueva
de hombre flamante.
No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!
No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.
Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.
Etiquetas:
las 2001 Noches,
Miguel Oscar Menassa,
poesía
Suscribirse a:
Entradas (Atom)