sábado, 10 de noviembre de 2012

La mujer y yo - 7-


Dormíamos tranquilamente cuando ella 
se levantó sobresaltada y me dijo: 
Hoy quiero tener una aventura 
vivir lo no vivido, amar lo inexistente 
y ya sé que son las tres de la mañana 
pero quiero andar un camino nuevo 
donde no quede un sólo rastro de mí 
así que, por favor, escúchame.

Y no es que a mí, exactamente,
me guste dormir de noche
pero estaba dormido, soñando
tonos del ocre sobre el negro.
Primero tuve ganas de decirle:
“déjame de joder” o bien, indiferente
“¿te parece poca aventura vivir a mi lado?”
pero le dije, dulcemente, haciendo gala
del uso calculado de mi serena voz
cuando pronuncio las vocales:
Oh Diosa, portadora del dolor, te escucho.
Soy esa oreja invencible, habla,
di al viento lo que será del viento
y nadie escuchará.
Ella, tímidamente, recogió la ofrenda
y preguntó ¿entonces puedo hablar,
decir lo que me pasa por la mente
sin convenciones, sin moral, sin castigos?
Bueno, le dije, límites hay siempre,
a fin de mes me tienes que pagar,
y ella se desmayó por primera vez en su vida
aunque por poco tiempo.
Luego se despertó y preguntaba ansiosa:
¿Qué paso, qué pasó, qué fue lo que pasó?
Nada, le contesté, tuviste un orgasmo magistral,
antes de desmayarte, te retorcías y saltabas.
Pero ¿qué estás diciendo, que yo me retorcía?
No, le dije, estoy diciendo que tuviste un orgasmo
y era hermoso ver cómo se descomponía
tu bello rostro con el goce.
¿Mi bello qué?, ¿pero que estás diciendo?

Tu bello rostro, amor mío, tu bello rostro,
esa belleza donde renace, cada vez, el goce.
En ese momento ella dijo: te amo,
cuando mi belleza reina en ti, te amo.
Y no era para menos
esas palabras que le había dicho
antes eran todas de la poesía.

Te amo, decía ella, mientras se desnudaba,
hoy haré de ti amado, mujer y bestia
alondra que deja de volar porque llega el mar,
gacela que escapa sin escapar
y se la come el viento.
Leopardo seducido por las luces
del estallido de la pólvora
que lo matará.
Te haré mi amado, te haré...
Algo avergonzado, la interrumpí
y le dije: ¿Para qué tanto?
y ella me respondió con una pregunta:
¿Amas a otra mujer? eso es lo que pasa
y entonces, desesperado al borde del abismo,
decidí darle lo que pedía cuando le dije:
Sí, estoy enamorado de otra mujer
y ella nunca dejaría de sorprenderme:
Me gustaría conocerla, dijo,
y se quedó dormida.

A la mañana siguiente, al desayuno,
antes de ir a los trabajos,
me besó agradecida y me dijo:
¡Qué aventura que tuvimos anoche!
¡Querido, qué aventura!

Miguel Oscar Menassa
De "La mujer y yo", 2003

miércoles, 7 de noviembre de 2012

LEJANÍAS DE LA TIERRA MUERTA de Alfonsina Storni. Las 2001 Noches nº 4


A Gabriela Mistral

 Llegará un día en que la raza humana
 Se habrá secado como planta vana,

 Y el viejo sol en el espacio sea
 Carbón inútil de apagada tea.

 Llegará un día en que el enfriado mundo
 Será un silencio lúgubre y profundo:

 Una gran sombra rodeará la esfera
 Donde no volverá la primavera;

 La tierra muerta, como un ojo ciego,
 Seguirá andando siempre sin sosiego,

 Pero en la sombra a tientas, solitaria,
 Sin un canto, ni un jay!, ni una plegaria

 Sola, con sus criaturas preferidas
 En el seno cansadas y dormidas.

 (Madre que marcha aún con el veneno
 de los hijos ya muertos en el seno.)

 Ni una ciudad de pie.. Ruinas y escombros
 Soportará sobre los muertos hombros.

 Desde allí arriba, negra la montaña
 La mirará con expresión huraña.

 Acaso el mar no será más que un duro
 Bloque de hielo, como todo oscuro.

 Y así, angustiado en su dureza, a solas.
 Soñará con sus buques y sus olas,

 Y pasará los años en acecho
 De un solo barco que le surque el pecho.

 Y allá donde la tierra se le aduna.
 Ensoñará la playa con la luna.

 Y ya nada tendrá más que el deseo
 Pues la luna será otro mausoleo.

 En vano querrá el bloque mover bocas
 Para tragar los hombres, y las rocas

 Oír sobre ellas el horrendo grito
 Del náufrago clamando al infinito:

 Ya nada quedará: de polo a polo
 Lo habrá barrido todo un viento solo:

 Voluptuosas moradas de latinos
 Y míseros refugios de beduinos;

 Oscuras cuevas de los esquimales
 Y finas y lujosas catedrales;

 Y negros, y amarillos y cobrizos,
 Y blancos y malayos y mestizos,

 Se mirarán entonces bajo tierra
 Pidiéndose perdón por tanta guerra.

 De las manos tomados, la redonda
 Tierra circundarán en una ronda.

 Y gemirán en coro de lamentos:
 ¡Oh cuántos vanos, torpes sufrimientos!

 -La tierra era un jardín lleno de rosas
 Y lleno de ciudades primorosas;

 -Se recostaban sobre ríos unas,
 Otras sobre los bosques y lagunas.

 -Entre ellas se tendían finos rieles,
 Que eran a modo de esperanza fieles,

 -Y florecía el campo, y todo era
 Risueño y fresco como una pradera;

 -Yen vez de comprender, puñal en mano
 Estábamos hermano contra hermano;

 -Calumniábanse entre ellas las mujeres
 Y poblaban el mundo mercaderes;

-Íbamos todos contra el que era bueno
A cargarlo de lodo y de veneno

-Y ahora, blancos huesos, la redonda
Tierra rodeamos en hermana ronda.

-Y de la humana, nuestra llamarada,
iSobre la Tierra en pie no queda nada!

Pero quién sabe si una estatua muda
De pie no quede aún sola y desnuda.

Y así, surcando por las sombras, sea
El último refugio de la idea.

El último refugio de la forma
Que quiso definir de Dios la norma,

Y que, aplastada por su sutileza,
Sin entenderla, dio con la belleza.

Y alguna dulce, cariñosa, estrella,
Preguntará tal vez: ¿Quién es aquélla?

¿Quién es esa mujer que así se atreve,
Sola, en el mundo muerto que se mueve?

Y la amará por celestial instinto
Hasta que caiga al fin desde su plinto.

Y acaso un día, por piedad sin nombre
Hacia esta pobre tierra y hacia el hombre,

La luz de un sol que viaje pasajero
Vuelva a incendiarIa en su fulgor primero.

Y le insinúe: Oh, fatigada esfera:
¡Sueña un momento con la primavera!

-Absórbeme un instante: soy el alma
Universal que muda y no se calma...

¡Cómo se moverán bajo la tierra :
Aquellos muertos que su seno encierra!

¡Cómo pujando hacia la luz divina
Querrán volar al que los ilumina!

Mas será en vano que los muertos ojos
Pretendan alcanzar los rayos rojos.

¡En vano! ¡En vano! ¡Demasiado espesas
Serán las capas, ay, sobre sus huesas!...

Amontonados todos .y vencidos,
Ya no podrán dejar los viejos nidos,

Y al llamado del astro pasajero
Ningún hombre podrá gritar: iYO quiero!...


sábado, 3 de noviembre de 2012

DESPUÉS NACÍ A LA LIBERTAD de Miguel Oscar Menassa. Las 2001 Noches nº 136



Después nací a la libertad y me encadenaron
y así durante cinco siglos me tuvieron,
vivo y encadenado y me dieron algo de comer,
alguna lágrima para llorar por todo lo perdido.

Comí esa nada que me daban y lloré esas lágrimas
y me di cuenta que mi libertad medía sólo un eslabón.
Un ruido me separaba de otro ruido, una cadena
me ataba a otra cadena y a hombres como yo.

¡Oíd el ruido de rotas cadenas! y nada se escuchaba.
¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! y nadie se movía.
Paz y amor nos dijeron y estalló la guerra.

Esclavos, exiliados, mutilados, muertos, desaparecidos,
así fuimos teniendo los nombres del dolor y de la rabia.
Así, por el único camino para sobrevivir, fuimos poetas.


jueves, 1 de noviembre de 2012

PARA LA LIBERTAD de Miguel Hernández. Las 2001 Noches nº 136



Para la libertad.
Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.
Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.
Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.


miércoles, 31 de octubre de 2012

TODO SE IBA...



Había mujeres débiles,
y además mujeres fáciles
y mujeres fatales
que lloraban gritaban sollozaban
delante de hombres de paja
que ardían.
Niños extraviados corrían por calles en ruinas
muy pálidos al saber que nunca más volverían a encontrarse.
Y jefes de familia
que ya no distinguían el suelo del techo
revoloteaban de un piso al otro
en una lluvia de felpudos de lámparas de cucharillas
y de plumones.
Todo se iba.
La ciudad se desmoronaba
bullía
se desmenuzaba
y giraba sobre sí misma
sin que pareciera moverse.
Unos cerdos negros cegados
en la súbita oscuridad
de una pocilga moderna en desuso
galopaban.
La ciudad se iba
sudando sangre y agua
envases de gas reventados.
Los que sólo soñaron en heridas y golpes
se despertaban
decapitados
habiendo perdido peines y cepillos
y otras cositas mundanas.
Una boda muy negra muerta de pie
desde el padrino hasta los novios
conservaban un equilibrio de ceniza petrificada
frente a un fotógrafo
torrado aterrado.
Ruinas recientes totalmente nuevas
homenaje de guerra
juegos de rompecabezas
ganancias y pérdidas
leña y carbón.
En lo que quedaba de una casa de obreros
una tortilla abandonada
colgaba como ropa vieja
sobre un ventanal roto
y en las migajas de un viejo lecho calcinado mezcladas
con el serrín gris de un armario volatilizado
la carne humana se incorporaba al asado de carne
comestible.
En las bambalinas del progreso
hombres íntegros proseguían integralmente la
desintegración
progresiva de la materia viva
desamparada.

Jacques Prévert
De "La pluie et le beau temps"
Versión de Aldo Pellegrini

miércoles, 27 de junio de 2012

DESDOBLAMIENTO EN MÁSCARA DE TODOS de Olga Orozco. Las 2001 Noches nº 133

Lejos,
de corazón en corazón,
más allá de la copa de niebla que me aspira desde el fondo del
vértigo,
siento el redoble con que me convocan a la tierra de nadie.
(¿Quién se levanta en mí?
¿Quién se alza del sitial de su agonía, de su estera de zarzas,
y camina con la memoria de mi pie?)
Dejo mi cuerpo a solas igual que una armadura de intemperie
hacia adentro
y depongo mi nombre como un arma que solamente hiere.
(¿Dónde salgo a mi encuentro
con el arrobamiento de la luna contra el cristal de todos los
albergues?)
Abro con otras manos la entrada del sendero que no sé
adónde da y avanzo con la noche de los desconocidos.
(¿Dónde llevaba el día mi señal,
pálida en su aislamiento,
la huella de una insignia que mi pobre victoria arrebataba al
tiempo?)
Miro desde otros ojos esta pared de brumas
en donde cada uno ha marcado con sangre el jeroglífico de su
soledad,
y suelta sus amarras y se va en un adiós de velero fantasma hacia
el naufragio.
(¿No había en otra parte, lejos, en otro tiempo,
una tierra extranjera,
una raza de todos menos uno, que se llamó la raza de los otros,
un lenguaje de ciegos que ascendía en zumbidos y en burbujas
hasta la sorda noche?)
Desde adentro de todos no hay más que una morada bajo un friso
de máscaras;
desde adentro de todos hay una sola efigie que fue inscripta en el
revés del alma;
desde adentro de todos cada historia sucede en todas partes:
no hay muerte que no mate,
no hay nacimiento ajeno ni amor deshabitado.
(¿No éramos el rehén de una caída,
una lluvia de piedras desprendida del cielo,
un reguero de insectos tratando de cruzar la hoguera del
castigo?)
Cualquier hombre es la versión en sombras de un Gran Rey
herido en su costado.
Despierto en cada sueño con el sueño con que Alguien
sueña el mundo.
Es víspera de Dios.
Está uniendo en nosotros sus pedazos.

miércoles, 2 de mayo de 2012

LA INJUSTICIA de Dámaso Alonso. Las 2001 Noches nº 106

¿De qué sima te yergues, sombra negra?
¿Qué buscas?
Los oteros,
como lagartos verdes, se asoman a los valles
que se hunden entre nieblas en la infancia del mundo.
Y sestean, abiertos, los rebaños,
mientras la luz palpita, siempre recién creada,
mientras se comba el tiempo, rubio mastín que
duerme a las puertas de Dios.
Pero tú vienes, mancha lóbrega,
reina de las cavernas, galopante en el cierzo, tras
tus corvas pupilas, proyectadas
como dos meteoros crecientes de lo oscuro,
cabalgando en las rojas melenas del ocaso,
flagelando las cumbres
con cabellos de sierpes, látigos de granizo.
Llegas,
oquedad devorante de siglos y de mundos,
como una inmensa tumba,
empujada por furias que ahincan sus testuces,
duros chivos erectos, sin oídos, sin ojos,
que la terneza ignoran.
Sí, del abismo llegas,
hosco sol de negruras, llegas siempre,
onda turbia, sin fin, sin fin manante,
contraria del amor, cuando él nacida
en el día primero.
Tú empañas con tu mano
de húmeda noche los cristales tibios
donde al azul se asoma la niñez transparente,
cuando apenas
era tierna la dicha, se estrenaba la luz,
y pones en la nítida mirada
la primer llama verde
de los turbios pantanos.
Tú amontonas el odio en la charca inverniza
del corazón del viejo,
y azuzas el espanto
de su triste jauría abandonada
que ladra furibunda en el hondón del bosque.
Y van los hombres, desgajados pinos,
del oquedal en llamas, por la barranca abajo,
rebotando en las quiebras,
como teas de sombra, ya lívidas, ya ocres,
como blasfemias que al infierno caen.
... Hoy llegas hasta mí.
He sentido la espina de tus podridos cardos,
el vaho de ponzoña de tu lengua
y el girón de tus alas que arremolina el aire.
El alma era un aullido
y mi carne mortal se helaba hasta los tuétanos.
Hiere, hiere, sembradora del odio:
no ha de saltar el odio, como llama de azufre, de
mi herida.
Heme aquí:
soy hombre, como un dios,
soy hombre, dulce niebla, centro cálido,
pasajero bullir de un metal misterioso que irradia
la ternura.
Podrás herir la carne
y aun retorcer el alma como un lienzo:
no apagarás la brasa del gran amor que fulge
dentro del corazón,
bestia maldita.
Podrás herir la carne.
No morderás mi corazón,
madre del odio.
Nunca en mi corazón,
reina del mundo.