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domingo, 31 de diciembre de 2017

ESTÁIS DE ACUERDO de Rafael Alberti. Las 2001 Noches nº 101


Es más,
estáis de acuerdo con los asesinos,
con los jueces,
con los legajos turbios de los ministerios,
con esa bala que de pronto puede hacernos morder el sabor de las piedras
o esas celdas oscuras de humedad y de oprobio
donde los cuerpos más útiles se refuerzan o mueren.
Estáis,
estáis de acuerdo,
aunque a veces algunos de vosotros pretendáis ignorarlo.
¿Qué son esos silencios,
esas caras de tempestad oculta,
reprimida,
cuando el mantel se abre ante nosotros lo mismo que un insulto,
igual que una limosna que nos ata a vuestro pobre pensamiento,
a vuestra bolsa despreciable siempre pendiente en vuestros ojos?
Estáis,
estáis de acuerdo.
No pretendáis negarlo.
Es inútil.
Hay que huir,
que desprenderse de ese tronco podrido,
de esa raíz comida de gusanos
y rodar a distancia de vosotros para poder haceros frente
y exterminaros confundiéndonos con los que hicieron vuestras fábricas,
labraron vuestras tierras,
agonizaron en vuestros dominios.
Porque es cierto que estáis,
que estáis todos de acuerdo con la muerte.

domingo, 26 de noviembre de 2017

EL PERRO RABIOSO de Rafael Alberti. Publicado en Las 2001 noches Nº 108


1
Muero porque las pulgas me inoculen
la sangre de los perros más rabiosos,
me vuelvan los colmillos venenosos
y el hombre que hay en mí me lo estrangulen.
Que ni el odio y la furia disimulen
cuanto de hirientes, graves, peligrosos
son mis serios arranques rencorosos,
sin puños que los frenen y regulen.
Época es de morder a dentelladas,
de hincar hundiendo enteras las encías,
contagiando mi rabia hasta en la muerte.
Revolcándose, mira inoculadas
aullar las horas de los malos días,
por morderlas ¡oh Tiempo! y por morderte.
2
Mordido en el talón rueda el dinero,
y se retuerce ya en su sepultura,
con la Iglesia y el hambre, la locura
del juez, del militar y del banquero.
Mordida y por el mismo derrotero
va la familia, llaga que supura,
en una interminable calentura,
jugo de muladar y estercolero.
Huele a rabia, a saliva, a gente seca,
contaminando un humo corrompido
la luz que ya no alumbra, que defeca.
El cadáver del Tiempo está podrido,
y sólo veo una espantable mueca,
una garganta rota, un pie mordido.

www.las2001noches.com

jueves, 16 de noviembre de 2017

OLGA OROZCO de Olga Orozco. Publicado en Las 2001 Noches nº 10


 Yo OIga Orozco desde tu corazón digo a todos que muero. Amé la soledad, la heroica perduración de toda fé,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas, la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre
       alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.
Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros
       las tatuaron.
De mi estadía quedan las magias y los ritos,
unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
la humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,
y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron.
Lo demás aún se cumple en el olvido,
aún labra la desdicha en el rostro de aquella que se buscaba
       en mí igual que en un espejo de sonrientes praderas,
ya la que tú verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.
Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo, en un último instante fulmíneo como el rayo,
no en el túmulo incierto donde alzo todavía la voz ronca y
       llorada
entre los remolinos de tu corazón.
No. Esta muerte no tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto     
       tiempo.
Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura
      que los cambiantes sueños,
allá, donde escribimos la sentencia:
«Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por
      infierno.
Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer
      aposento».

Olga Orozco
www.las2001noches.com

miércoles, 12 de octubre de 2016

VIOLENCIA DE LAS HORAS de César Vallejo. Las 2001 Noches Nº 9


    Todos han muerto
    Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.

    Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistinta- mente: «Buenos días, José! Buenos días, María!».
     Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también murió a los ocho días de la madre.
     Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer.
     Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina.
     Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién.
   Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi
experiencia.

   Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana
  y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.

   Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que
solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese.

    Murió mi eternidad y estoy velándola.

lunes, 29 de febrero de 2016

CANTO A LA FUERZA SINDICAL de Germán Pardo Garcia. Las 2001 Noches nº 46


I

 

COMPAÑEROS de lucha: este canto a vuestra fuerza sindical

                                                                          [lo principio

 convocando desde lo más rojo intenso de mi sangre a la

                                                                           muerte,

 porque jamás seréis los constructores obreros de la vida

 si ignoráis cómo trabajan los profundos mecanismos de la muerte.

 

Así comienzo este canto a vuestra fuerza sindical: desde      

                                                                               [abajo

 cual si enterrase los oscuros cimientos de una casa,

 para inducirla después con lentitud hacia la altura de     

                                                             [hermosos cuerpos

 cargados como todas las densas formas, de potencias eléctricas.

 

Otros hombres más universales dirían este canto

 con el nombre del sol como insignia en sus bocas, del sol

                                                                          [inagotable

 que satura intensamente gusanos cosmogónicos

 y enardece la rebelión de las panteras.

 

Mas yo, inmenso y brutal conocedor de sombras

                                                                  [demoníacas,

 afiánzome al hosco polvo con tenacidad de nervios

 y lanzo este himno como ardiente flor de pólvora

 que desde el piso asciende al vértigo de tempestades térmicas.

 

II

 

Y os digo en nombre de las innumerables alianzas que    

                                                                           [existen

 entre los brazos del hombre trabajador y los sólidos seres:

 ved a los armoniosos árboles confederándose

 sobre el poderoso flanco del gran monte antibélico.

 

Ellos son el primer símbolo de esta fuerza sindical de que os

                                                                               [hablo,

 contemplándola desde su nacer en la arcilla hasta su        

                                                          [elevación al Cosmos,

 porque también allá las estrellas únense para impulsar al      

                                                                            [Universo,

 enarbolado en mástil nuclear de lámparas tremendas

 con su fulgir de insectos nebúlicos de oro.

 

Os doy este humano ejemplo de los árboles porque son

                                                                           [criaturas

 que están cada vez más próximas al espíritu del hombre.

 Su inminente incorporación a nuestras almas la comprendemos

 al decir: más allá de la vida todos seremos árboles.

 

O al exclamar: estoy solo como un árbol ante la pérdida del

                                                                        [crepúsculo.

 

Ellos fundaron la inicial conciliación de vegetales

 para defender con su auxilio al proletario parvifundio.

 Al arbusto individual creciéronle otros árboles

 y apareció la fronda civil llena de voces y de ruidos,

 como en las plazas de las ciudades las multitudes famélicas.

 

Comparo este murmullo de las labiales hojas con acento de

                                                                          [palabras,

 porque ellas son así: dialogantes en su idioma de verdes

                                                                      [monosílabos.

 Tienen su misterioso abecedario y conocen la semántica del

                                                                              [viento,

 y en elásticos alambres de raíz o esferas húmedas y azules

 graban hondas inframúsicas que nosotros no escuchamos,

 y las reviven al decaer la rauda tracción de la materia.

 

III

 

ESTOS sensibles bosques sociales dotados de justísimas

                                                                           [lenguas

 urgen a la capacidad de mi corazón álgido y solo

 para que entienda la amargura del salario miserable;

 la aridez de los mineros que sacan de los cárcamos

 la esclavitud de los pétreos combustibles;

 la desecación de los arroyos pulmonares

 por el sílice y la cal de las canteras,

 y la agonía de los lívidos púgiles derrotados

 por la inercia y los espectros

 que atan a sus cinturas emblema falaz de campeones.

 

 

 

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IV

 

ME inducen a penetrar en los talleres en que obreros

                                                                       [tipógrafos

 colocan grises sílabas en planchas y molduras.

 Aquí la fuerza sindical logra creciente fragor de océano

 

que mueve sin cesar las tubulares rotativas.

 

Las olas de este mar tipógrafo son páginas

 de blanquísimo papel que inunda las metrópolis

 y se retira semejando las mareas,

 para volver a anegar las casas, las calles, los estadios,

 con la velocidad de sus cronologías.

 

¡Qué preludio tan sublime el de los linotipos y las prensas!

 ¡Qué ritmo tan dinámico el de los aceitados engranajes!

 ¡Cuánta belleza en las ustorias lámparas y espejos de

                                                                         [aluminio

 que distribuyen ecuaciones de calor y savias de sulfuro!

 

Aquí los árboles son discos enormes roturados

 y laborables hojas su balsámica madera.

 Se oye correr los ríos en cuyas márgenes llenas de tórridos

                                                                              [pájaros

 crecen las plantas de donde fluye la substantiva celulosa.

 Todo diluvio aquí se escucha.

 Todo huracán aquí distiéndese.

 El golpe de las almádenas que parten exágonos graníticos,

 repercute bajo el acero de estas bóvedadonde los relámpagos tienen menor velocidad que la noticia

 Aquí la ordenadora fuerza sindical es blanca república

 dirigida por las sienes sinfónicas del hombre.

 Y cuando las ventanas de esta fábrica impresora se abren al

                                                                     [sol y al viento,

 huyen los inmortales libros como alciones

 o espumas separándose de los nitrados promontorios.

 Los libros inmortales

 que divulgan la virilidad de las proclamas y los cantos de Píndaro.

 

V

 

ESTOS borrascosos bosques sociales me empujan a las    

                                                                            [riberas

 donde los sindicatos de fuertes pescadores

 bruñidos por las aguas teñidas de yoduros,

 viven su diaria intrepidez de cálidos tritones.

 Ellos, los broncos hijos del mar, se hunden en sus tormentas

 a festejar sus onomásticos bestiales,

 el ímpetu naval de sus bodas

 o el nacimiento de una estirpe,

 cual mayorazgos ebrios que retaran

 la cólera de un padre enloquecido.

 

Tienen tatuados mapas de las naciones navegadoras

 en la escollera brusca de sus velludos pechos,

 como las manchas que hay en el dorso de los marinos

                                                                       [elefantes.

 En esa geografía humanizada sobre códices de músculos,

 se apoya su derecho natural a la existencia.

 ¡Qué importa si sus hombros huelen a bacalao fétido

 y a putrefactas proteínas!

 ¡Y qué si hay en sus calcañares cicatrices de paguros!

 ¡Qué importa si ellos viven bajo sindicales leyes

 que en sus capítulos les cantan: al mar, al mar, al mar!

 

Así son estos hombres oceánidas: cambiantes de color y

                                                                       [contextura

 según el mar es áspero y de cobre, o azul índigo y tranquilo.

 Asociados están como los alcatraces y así pescan.

 Aprendieron del mar a federarse

 y caminan obedientes al corsario caudillo.

 Por eso el reclamo sindical de los estibadores

 tiene poder de octópodo que amarra y paraliza.

 ¿No habéis visto los puertos inmóviles, las barcazas

                                                                     [inmóviles,

 plegados los velámenes como atáxicas plumas,

 el salmón asfixiándose en las costas

 y el mosto envileciéndose en las cubas?

 Son los trabajadores del mar en la inacción de sus caídos

                                                                          [brazos

 y en la quietud de sus sociales olas,

 en tanto el viejo líder, cojo de eternidad y tuerto de

 constelaciones,

 la insurrección de sus obreros urde.

 

Sus carnívoras hembras tejedoras de redes aguzan los

                                                                        [arpones

 como sus homicidas colmillos los escualos.

 Nada es frágil en sus cuerpos de náuticos instintos.

 Sus caderas rezuman sal como los poros esponjarios.

 Sus verticales senos punzan como anémonas.

 Y allá van tras de sus machos pescadores,

 fieles a esa misma ley que agrupa a las corvinas,

 mientras el tifón soplando roncas caracolas

 y valvas de alectriones y crepídulas,

 clama desesperadamente: ¡al mar, al mar, al mar!

 

VI

 

ME arrastran estos civiles aires a las puertas de los túneles

 donde brigadas de mineros zapadores

 exploran las sepultas galerías,

 para ver que la arquitectura del planeta

 se erige en arcos de esmeralda

 sobre columnas de platino.

 Cada vez que la piqueta cavadora da un golpe en las fosas

                                                                  [subterráneas,

 aquel orbe interior es como un templo

 donde resuena un órgano monumental tocado en las

                                                                          [penumbras

 por la furia de un músico divino.

 

Allá las estalactitas licuándose parecen

 pestañas de unos ojos congelados

 que lloran implacables hacia adentro.

 De vez en cuando fosforescencias rápidas

 salidas de los cúmulos de azufre,

 son antorchas que alumbran funerales

 grandiosos de algún cíclope vencido.

 Y si algún minero muere despedazado por las rocas,

 sus compañeros con las piquetas inclinadas como a soldado

                                                                         [lo sepultan.

 Y el órgano estremece las cuevas de zafiro.

 

La fuerza sindical de los mineros

 sostiene a esas brigadas en la sombra.

 Sin su puntal el mundo quedaría

 como perdido cofre en que tesoros

 desguarnecidos por la causticidad del mar, se pudren.

 La fuerza sindical de los mineros

 los saca hacia la vida de lo oscuro.

 Cada gota de sangre de estos hombres

 se convierte en incendios de granate.

 Toda lágrima suya cristaliza.

 

Ellos hacen germinar energía y esperanza

 en lugares condenados a ser ciegos.

 Yo he descendido a las minas de carbón y contemplado

 la terrible oscuridad matriz del mundo.

 Esas minas se encuentran más abajo de las piedras

                                                                     [sepulcrales

 y desde ahí se puede ver no el rostro sino la espalda de los

                                                                       [muertos.

 Los mineros lo saben y hunden cuñas

 de esperanza en las cuarteaduras delatoras,

 de donde cuelgan tiras de epidermis y sudarios

 como telones de una habitación en ruinas.

 

Si es viscoso el contacto de la muerte

 sentido en superficies luminosas,

 en la tiniebla de los cárcamos

 es como posar los dedos sobre ofidios vomitorios

 enroscados en los fósiles de hulla.

 

Los mineros lo saben y elevan himnos de esperanza

 para alejar la angustia que presiona

 y aturdir el lamento de las criptas.

 Allá bajo la tierra se oye el himno más conmovedor del

                                                                            [mundo.

 Son los mineros derrotando su amargura

 al pie de un horizonte deletéreo,

 con sus coros de arcángeles hundidos.

 De pronto callan para oír que bloques bituminosos

 desplómanse de arcadas y paredes,

 y como exánimes cetáceos

 desaparecen entre asfálticas lagunas.

 

 

 

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VII

 

COMPAÑEROS de lucha: este canto a vuestra fuerza sindical

                                                                               [lo concluyo

 convocando desde los más sombríos sótanos mineros a la muerte,

 porque jamás seréis los constructores obreros de la vida

 si ignoráis cómo trabajan los profundos mecanismos de la muerte.

 En esas trincheras hondas con deformes figuras talladas en las 

                                                                                        [rocas

 por el desgaste persistente de los siglos

 hasta esculpir cabezas que de pronto

 suplican: "Dadnos rostros humanos, concluidos".

 En esas naves lóbregas donde las invocaciones así comienzan:

 "En el nombre del Trabajo partimos estas rocas

 y por él nuestra sangre y nuestro espíritu entregamos",

 allá quisiera humildemente prosternarme

con la veracidad de aquellos seres

 que pasaron por la tierra desnudos o cubiertos con pieles de leones,

 a ofrecer mis tributos integrales

 a esta grandeza sindical que canto

 no sólo en su evidencia entre los árboles,

 los talleres, océanos y minas,

 sino en mí porque mi cuerpo de trabajador nocturno

 envuelto en una túnica de llamas

 y signando con espinas de luceros el papel para escribirle

 su sangre de cristal a la Hermosura,

 ese cuerpo también está nutriéndose

 de vetas, yacimientos y de minas;

 de peces que emocionan con sus branquias

 los morados silencios de que vivo;

 de hormigas que me traen los acentos

 sonámbulos caídos en la arena;

 de cóndores idólatras que atizan

 en mis sienes la claridad que necesito;

 de caballos dementes que me dan el creador estrépito;

 de confederaciones celulares, cual vosotros,

 y alianzas con los óxidos de la sal, y servidumbres

 de mi alma escorando hacia el olvido.

 

 

jueves, 21 de enero de 2016

ODA A LA MUERTE de Alejandra Menassa. Las 2001 Noches Nº 62


No es lo negro lo que me trae tu nombre,
no es la ausencia de sol.
Que ya te separé de la guadaña,
del gusano y de la calavera.
Que ya tuve contigo los hijos del silencio,
los hijos de los puntos y las comas,
los hijos del comienzo y del final.
No he de ir a buscarte en los lamentos
apagados de los funerales,
ni en las desalentadas estaciones del luto.
Lo múltiple te erige su reina mentirosa,
eres una pasión silenciosa y brutal,
eterno grito sin voz
en el hangar perdido de las horas.
He aprendido a conversar en tu presencia,
tú me traes los silencios necesarios.
La vida, vino la vida con su accidentado
caminar y ahí estabas tú,
en su regazo, en el beso inefable de sus labios,
mica y cuarzo para el mismo granito,
cuerpos entrelazados que morirán de amor.

lunes, 17 de agosto de 2015

BALADA DE LOS DOS HERMANOS de Rafael Alberti. Las 2001 Noches nº 101

 
Dos caminos,
hermano,
dos caminos:
el derecho,
el izquierdo.
Míralos.
Pero tú te marchaste con los santos,
las engañadas vírgenes
y los hombres extáticos.
El oro imaginario de los cielos
se convirtió en el oro de los Bancos.
Las alas de los ángeles se volvieron cuchillos
y tú,
hermano,
un rico militante reaccionario.
Que la Iglesia te premie,
que te premie tu Estado,
que el Papa
ponga su pie al alcance de tus labios;
que los obreros y los campesinos
te cuelguen de una estaca como un espantapájaros.
Así tu muerte hará crecer sus trigos.
Dos caminos,
hermano:
el derecho,
el izquierdo...
Hacia ti avanzo yo desde este lado

http://www.las2001noches.com/n101/alberti2.htm

viernes, 20 de febrero de 2015

La invitación del presidente, una película de Miguel Oscar Menassa

 
Del 20 al 26 de marzo de 2015
40 años de MENASSA en España
Pequeño Cine Estudio
c/Magallanes, 1
Madrid
Compra anticipada de localidades: 91 758 19 40
 
Trailer

lunes, 17 de noviembre de 2014

HALLAZGO DE LA VIDA de Germán Pardo García. Las 2001 Noches nº 60


Si escuchas un rumor como de muchos ríos confederados
que descendieran por duros cauces hacia el mar unigénito;
o un bajo ruido igual al de la zapadora larva
cuando barrena su lento cárcamo,
soy yo buscándote, vida, en tus construcciones plenarias
y en tu resistencia de barro imperecedero.
Todo mi ser muscular, óseo, te ansía y te asedia.
Mi sangre en ti desemboca por térmicos estuarios
y se confunde con tus materias grises
y con los núcleos celulares
que distribuyes en los ojos de los albatros y en las hiedras.
Como una roca trabajada por el mar desde hace siglos, siento
desprenderse y fluir líquidos bloques
de un talud interior que se desintegra.
Encerrado entre venas y rojos estambres
de caudal impelente,
oigo sufrir frenéticos residuos
de cosas soñadas por mí fuera del tiempo.
Son mis volúmenes abstractos, mis apariciones truncas
o eslabonadas a mis sacrificios,
mientras escombros originales arden en la oscuridad
como dorados combustibles.
Y si miras crecer ávidas varas
con raíces y musgos antropomorfos,
es mi substancia, vida, que anticipándose a las
transformaciones,
se vuelve vegetal para ceñirte
como lo hacen las fibras en la selva,
abrazándose a ti con ansiedad de tribus del subsuelo;
con su pasión feraz y su exterminadora vigilia
de pueblo vertical que no descansa,
levantando los verdes muros
de una ciudad batida por el aire
y encadenada al trueno,
que en las tinieblas desploma sus ruinas de carbón apagado.

Te busco, vida, con mi actitud frontal y opuesta
al viento divisor.
Con mi profundidad de mina que no ama,
pero que aloja un mundo de sorda maravilla.
Con mis grandes y tempestuosas superficies de nieve
habitadas por corpulentos osos blancos.
Con mi rostro de monolito que yacía sepulto
y volvió de los senos de la tierra
con un dolor incógnito tallado en las miradas.
Y te busco en las espirales de niebla
que suelen adherirse a las cúspides rocosas
como el pensamiento de un hombre purificado por las alturas,
y pasar ante el sueño de los pájaros
y el nivel natural de las lagunas,
con lentitud de espuma de la brisa
que conduce en sus iris migratorios
el molde sin orillas de un espíritu.

Quiero ser por ti, vida, no el arbusto desarraigado
que la potencia del terreno viste
de oscuro esparto y corrosiva lama.
Débil en él la luz se crucifica
y las evoluciones geológicas se pudren
en su palidez de falsaria flor.
Deseo la raíz nervuda como brazo sagitario;
tronco toral guardado por sólida corteza;
ramas donde las hojas proclamen la jerarquía del bosque
y punta imanadora de infinito,
para atraer la furia del sol, los diques de las nubes
y el silencio de formas adorantes
sumidas en los cúmulos nocturnos.

 

Si es necesario, vida, que para hallarte forme de la nada
sitios en donde exista mi propia primavera,
desde mi autónomo continente
puedo crear hosco universo
con mares agresores circundándole;
canteras como torsos contraídos;
estructuras de sal atormentada,
y un comienzo de hundida primavera
comunicándoles desde abajo a las cosas
agobiador poder.

Si he de invocar el otoño benévolo para hallarte,
me basta alzar los ojos y las primeras hojas amarillas
entregan al mundo las claves de sus mustios labios.
El otoño ha estado siempre conmigo, vida.
En él te puedo hallar.
En él te ansío ver.
En él te quiero oír.
Hay una indisoluble consonancia
entre el otoño y mi espíritu.
Entre el otoño y yo no fluye el tiempo
ni se destiñen sus azules linos.
En el otoño amé a una mujer magnánima
que se alejó de mí bajo sus nubes.
He leído en él como en un cuaderno de antiguas estampas
muchas profundas cosas del alma y de la tierra,
y he escrito en el otoño suaves palabras transparentes
que tal vez alguien recuerde un día después de mí.

Para encontrarte, vida, exploro
no ya tus tiernas semejanzas en que mis dedos tocan
tu madurez como en la carne de la vid
sino las partes ásperas,
las primitivas zonas
donde el estaño y el granito sueñan
con la hermosura orgánica del hombre.
Orbe misterioso
que siempre me ha llamado desde su angustia física,
haciéndome señales con su luz de carburo;
incitándome a amarle con sonidos menores,
y descubriendo su magnitud yerta,
que algo tiene de trágico y divino.

Te busco hasta en la muerte que gobiernas
con el orden total de tus designios.
Oh, multiplicadora de todos los números.
Oh, cantidad indivisible.
Mas, ¿qué pueden, respóndeme, los ébanos mortuorios
contra la eternidad de tus criaturas?
y la disgregación de las moléculas,
¿qué puede, respóndeme, contra la fuerza de tus vínculos?

No he podido mirarte pues te ocultas
debajo del enigma de tus máscaras.
Un día en la ribera de un gran río
te presentí por la primera vez.
En torno mío había un crecimiento
irregular de formas y de plantas.

Sentíase un asalto creador
salir de las entrañas del planeta,
como si el fuego céntrico escapara
por los heridos bronquios de un volcán.
Tuve miedo de ti, de tu grandeza;
de tu estatura cósmica; del ímpetu
generador que surge de tus climas,
y pensé en la súbdita muerte,
para depositar en sus horizontales cápsulas
de colmena que reposa en la noche,
la soledad que impones, ¡oh, vida siempre habitada!
al ser que huye de ti cuando apareces
detrás de tus violentos atributos.

Otro día ante el mar de azules integrales
y galopes de internos hipocampos,
te presentí por la segunda vez.
Bramaba el mar como soberbio toro,
empujando escuadrones de barcazas,
poblaciones enteras de pelícanos,
colonias putrefactas de moluscos,
macizas formaciones de coral
y bancos de cangrejos y tortugas.

Volví a palidecer con tu inminencia,
¡oh, vida de propósitos enormes!
impulsadora de los cataclismos
que sufre el mar cuando su seno lanza
islas llenas de seres embrionarios
y mórbidos reptiles,
atónitos ante la propagación de la luz.

Y te he de hallar uniendo los kilómetros
de todas las distancias;
en mí o en los abismos planetarios;
en las pasividades del otoño;
en las oxidaciones de lo físico;
en la insurrección de los elementos;
en la integridad de las piedras sepulcrales
y en los naufragios que recuerde
la memoria del mar.
¡Oh, tú, la verdadera y la enemiga!

martes, 4 de noviembre de 2014

ENTRE SURTIDORES EMPINADOS de Emilio Adolfo Weatphalen. Las 2001 Noches nº 27

 
ENTRE surtidores empinados para alcanzar la estrella
Chorreaba tu risa la música rebosante de los cielos
Y más grácil que palmera negando el desierto
Siempre hallabas los ríos desolados del hastío
Olvidados gota a gota salpicando el estadio
Allí sol y luna se daban la mano
Para no ser menos y estar conformes
Si tú dijeras estoy contenta
Envolviéndote en tanto olvido
Cuanto cabe en el pico del loro
Junto al ramo de flores estallando del ramo
Madréporas naciendo de orejas
U orejas naciendo de madréporas
Un rayo de sol incubando otro rayo de sol
Y sobre las más altas fuentes
Los velámenes chicoteados la leve prisa
Y si libabas en campánulas salvajes
Si cual los pájaros hacías pininos
Para no caerte de las ramas tan frágiles
Acaso podían competir los surtidores
Más que la espuma de ti misma brotabas
Con el canto del agua para contar los minutos
Y el del ave para encantar los minutos
Y no dejar espacio al tiempo para separar
Las voces y las voces los minutos y los minutos
Deshacerse parecían las olas contra los dientes
Y tantas flautas tantos murmullos de hojas
Desgranándose de los dientes
Y las harpas secretas
Y el eco sobresaltando las ciudades
Desprendiendo las vidrierías
Como racimos de cristal cayendo las campanas
Resonando como el mar el acero de las ciudades
Subiendo a las torres los aros de las niñas
Cayendo de las nubes pianos y laúdes
Madurando los árboles cabezas de sopranos
Arrojando los mares a las playas
Guitarras y sirenas
Y así el himno de la alegría
Y así la niña diosa
Y esta su risa
Como hormiguero cubriendo el mundo
Como música o mar lamiendo acantilados
Como luz hilada de abejas de oro

martes, 5 de agosto de 2014

LA GUERRA de Miguel Oscar Menassa. Las 2001 Noches nº 129

 
La guerra,
hoy estuve pensando en los señores y la guerra.
Y tengo que decirlo, aunque nadie lo crea,
mil litros de sangre coagulada rompieron a llorar.
El vientre de mi madre partido en mil pedazos,
sus brazos, sus amores, sus nervios congelados.
Mi padre, su mirada quebrada por el tiempo,
mi padre muerto, podrido, agusanado
y mis tristes hermanos y yo mismo, viviendo de silencios.

La guerra,
hoy estuve pensando en las señoras y la guerra.
En mi pueblo nadie dormía bien,
el corazón de la ciudad vivía alborotado.
Las mujeres tejían por las noches trapos de sangre,
los hombres murmuraban, urdían venganzas, se morían.
Los más jóvenes vestían de luto permanentemente
y los pequeños ángeles futuros morían antes de nacer
y mis tristes hermanas y yo mismo, muriendo de silencios.

La guerra,
esta vez, también, será con otros.
Hablaré con las voces ocultas de la tierra,
con aquellos muertos que fueron, totalmente,
privados de su libertad.
Hermosos muchachos, llenos de energías,
muertos antes de tiempo.
Soy esa grandiosa energía liberada,
nadie podrá conmigo, soy un millón de muertos,
el himno que la muerte reclama para sí,
lo negro de lo negro,
los brillos de lo negro,
las esmeraldas de la muerte.
 

jueves, 31 de julio de 2014

EDITORIAL de Las 2001 Noches nº 66


Ha llegado la hora de la victoria del poeta, y es por eso que os llamo a la interpretación. Y la interpretación, os recuerdo, es algo que pasa sin pasar del todo, es algo que sabe sin ser sabido. Una herida sin solución de continuidad.

Algo que, siempre por venir, ya habrá pasado. Como el amor, como los grandes acontecimientos, que siempre nos cogen de sorpresa y cuando se dejan conocer ya son otra cosa.

Y que ha llegado la hora de la victoria del poeta no quiere decir siquiera que ha llegado la hora de nuestra victoria o de la mía propia. Ya que el poeta habrá de someterse al lenguaje hasta el límite de desintegrarse

entre las palabras, literalmente, dejar de ser, para que la poesía pueda articular una vida todavía no vivida por nadie, ni siquiera por el poeta en su desaparición.

Y que haya llegado la hora de la victoria del poeta quiere decir, directamente, que la victoria ha de ser toda de la poesía, esto no quiere decir exactamente que ahora la poesía habrá de venir a decirnos cómo tendríamos que vivir.

Ella nada sabe de la vida. No ama, ni recuerda. Es todo porvenir.

Es una puta francesa de Marsella del treinta. Ama el oro por el brillo más que por su valor. Loca permanentemente, siempre quiere más y nunca sabe lo que quiere, después, alguien la besa, alguien la marca, alguien la termina matando. Pero Ella no muere, reaparece en cada esquina, en cada boca, en cada música que ya no podamos olvidar, ella estará presente. Y volverá a hacer la misma caída de ojos y luego amará el brillo del oro hasta agotarlo y, una vez agotado el oro, ella se pondrá sobre la piel, noches, hombres, melodías y así puede volver a morir mil veces, pero lo que nunca pierde es el brillo de su mirada, porque su mirada es la mirada de todas las cosas.

Pero eso, tampoco quiere decir que nosotros no tengamos que tener nuestra propia mirada. Y debemos intentar cierta independencia a riesgo de no ser sino ella misma en su repetición de novedades.

Ha llegado la hora de la victoria del poeta, también, quiere decir que la muerte ha tocado toda palabra, todo goce, todo porvenir. Y es, precisamente, por eso, que os invito a la interpretación.

Y no será que el agua será el agua pura de un blanco manantial ilusorio. Habrá concreto entre nosotros, porque interpretación para la poesía y, entonces, porqué no para nosotros, es materializar las subjetividades.

Materializar como social toda carne. Materializar como histórico, todo deseo.

Y está claro que si bien la Poesía, también, es un trozo proveniente del lenguaje, casi como nosotros, la poesía nace con tal poder de aniquilación de aquello que la genera, que en su acontecimiento el lenguaje, campo aparente de su posibilidad de ser, queda desaparecido y en tal magnitud, que Ella misma, termina siendo lo que de él perdura.

Interpretación o muerte, no sólo habrá sido un aullido desgarrador de nuestra juventud, sino, entre otros sentidos que ya alguien interpretará, una manera moderna de plantear el vel de la alienación.

Modernizando el problema, si elijo la muerte me quedo sin siquiera la muerte, ya que la muerte para el hombre no se puede hacer sino sólo interpretar. Si elijo la interpretación, también habrá muerte, porque qué otra cosa que una puntuación desafortunada, es la interpretación.

Y si hay falla, si algo se ha perdido, si alguien carece, si habrá nunca sido que sin embargo... es el deseo el que ha rasgado el ser del hombre. Si todo está perdido es la poesía la que habla, nutriéndose de lo que Ella, aun, como mujer, nunca será.

MIGUEL OSCAR MENASSA