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domingo, 3 de diciembre de 2017

NUEVA YORK. Oficina y denuncia. Publicado en Las 2001 noches nº 127


A Fernando Vela
Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato;
debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero;
debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas. Lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría.
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
He venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros en las alucinantes cacerías,
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones,
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando en su pureza
como los niños de las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte. Es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles
en la patita de ese gato quebrada por un automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
Óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer? ¿Ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
No, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

domingo, 26 de noviembre de 2017

EL PERRO RABIOSO de Rafael Alberti. Publicado en Las 2001 noches Nº 108


1
Muero porque las pulgas me inoculen
la sangre de los perros más rabiosos,
me vuelvan los colmillos venenosos
y el hombre que hay en mí me lo estrangulen.
Que ni el odio y la furia disimulen
cuanto de hirientes, graves, peligrosos
son mis serios arranques rencorosos,
sin puños que los frenen y regulen.
Época es de morder a dentelladas,
de hincar hundiendo enteras las encías,
contagiando mi rabia hasta en la muerte.
Revolcándose, mira inoculadas
aullar las horas de los malos días,
por morderlas ¡oh Tiempo! y por morderte.
2
Mordido en el talón rueda el dinero,
y se retuerce ya en su sepultura,
con la Iglesia y el hambre, la locura
del juez, del militar y del banquero.
Mordida y por el mismo derrotero
va la familia, llaga que supura,
en una interminable calentura,
jugo de muladar y estercolero.
Huele a rabia, a saliva, a gente seca,
contaminando un humo corrompido
la luz que ya no alumbra, que defeca.
El cadáver del Tiempo está podrido,
y sólo veo una espantable mueca,
una garganta rota, un pie mordido.

www.las2001noches.com

viernes, 15 de septiembre de 2017

"Federico García Lorca" de José Portogalo. Las 2001 Noches nº 16


JOSE PORTOGALO

FEDERICO GARCÍA LORCA

1

Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y ángel.

Pienso que un bosque de estrellas
madura, fiel, en tu sangre.
Oh, Capitán de palomas:
¡qué frío, qué duro el aire!
Y tú mezclado a la tierra
con la raíz de los árboles,
con golondrinas los ojos,
la lengua, acero multánime,
cintura de estrella virgen
entremezclada con sales,
luna y no en los cabellos
y hasta el zapato vibrante.
Ay, Federico, qué guardia,
qué guardia la de tu sangre.

2

Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y arde.

Agrio rumor de cobre agita el canto,
sé de la maldición y del esputo
y al alto mediodía me levanto
desde el grito hasta el odio como un fruto.

De tanto horror de muerte y tanto espanto
oh, corazón, mi corazón de luto,
estoy casi en rodillas por el llanto
y en mí resuena el siglo en un minuto.

Porque así, fermentado en esta muerte
-tu muerte que nos quiebra y que nos liga-
ataco en mí lo inútil y lo inerte.

Sangre de sangre lúcida y fatiga
que en mi propia raíz se nutre y vierte
como en el pan el oro de la espiga.

3

Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y ángel.

Potros de fuego que alumbran
como rosas de cristales
-duras crines de rocío,
belfos calientes, humeantes-,
desnudo viento de espadas,
noche ardiendo entre corales
y frío que se amontona
compacto en lejana calle:
con caracoles y grillos,
ordenan, lentos, tu sangre,
mientras que encienden tus venas
como a horizontes los ángeles,
y entre muertes, musgo y piedras,
está de pie tu coraje.
Ay, Federico, qué guardia,
qué guardia la de tu sangre.

4

Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, que niño, y arde.

Así mi voz, hermano, así mi arteria,
así mi sangre tuya en mis rencores:
cielo metalizado en sinsabores,
sol agriado en el pus y la miseria.

Pero también crecido torbellino,
contradicción vital de los gusanos,
fuerza ascendente y limpia donde afino
mi caracol de sienes y de manos.

Muerte que en mí trabaja y se germina
como en la tierra el hueso y la corola
con el sordo clamor de una turbina.

Carnadura terrestre y caracola
de viento y lluvia, estrella y sal marina,
con sangre de pavor y de amapola.

5

Ay, Capitán de palomas,
Ay, niño, qué niño, y ángel

Ay, Federico, qué guardia,
qué guardia la de tu sangre.
Frente al mundo, reduciendo,
cómo es vivo tu mensaje,
tu poesía, cómo rueda
-mediodía, bosque, calle-,
y qué espantos, qué derrotas,
quisieron asesinarle.
Pero tu muerte no es muerte,
Federico, que es tu sangre
desparramada en el cielo
entre piedras y metales,
arquitectura de mundos
subterráneos, entre mármoles,
y confidencia de voces
de otra edad que ha de nombrarte
como a rocío o a fuego:
laurel eterno en el aire,
en la poesía, la aurora,
y en la guardia de tu sangre,
como a gota de rocío,
como a fuego de coraje.

6

Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y arde.

Estrellas rotas y óxido de sierra.
Ya gusano y madera, ya resina.
Ya nos de grisú, de sal y orina:
muerte entre vida y lumbre que se aferra.

Sollozo y grito y párpado y colina,
mecha inconclusa y calcinada tierra,
campanas y ceniza, escombro y guerra,
substancia vegetal y de neblina.

Marfil y leche y pájaro que empluma
y pía y prueba, tímido, su vuelo
entre zonas de pólvora y de espuma.

Sangre vertida y móvil contra el sueño
que al fin calza su pie de sol y bruma
y en afilado envión llega hasta el cielo.

7

Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y ángel.

Mitad entraña de tierra,
mitad entraña de aire
y todo revuelto cielo
y todo resuelta sangre,
entero de mediodía,
de alba, de noche y de árboles,
con su candor y su fuerza,
con su poesía y su carne,
entero como la vida
contra el crimen y el cobarde;
él, primavera y bandera,
rosa caliente y coraje.

8

Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y arde.

Ya musical, sutil, ya fino y grave.
Perfil de estrella laminando ríos
y entre espesa humareda pecho de ave.
Eres poesía, lámpara de acento,
escolta de marfil, torre y colina
y brazada de grillos entre el viento.
Ya de pie como un canto, que es tu canto,
Jugo vital, de sangre, en movimiento,
guardia de acero y sal de nuestro llanto.
Bronce de cuerda en tenso aire profundo,
bloque de cielo entre ceniza y tierra,
ya laurel matinal naciendo al mundo.

Rosa que cruje como un hueso, entera;
ya luciérnaga viva sobre el alba,
que es lumbre y sueño y mármol de escollera
sobre la noche como un cielo malva
sobre tu sangre como una bandera.

9

Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, que niño, y arde,
ay, Federico, qué guardia,
qué guardia la de tu sangre.

lunes, 14 de noviembre de 2016

POEMA DE LAS COMPENSACIONES de Juan-Jacobo Bajarlía. Las 2001 Noches Nº 7

Vino desde el otro lado de las sombras
         y trajo la luz y las palabras
         el horizonte que enumeraba las estrellas
         y las rutas que caían al abismo.
Vino desde las tierras que habitó el exilio
cubierto de semáforos
y de hilos enredados a su voz
         que volaban en la noche
         bajo los árboles que mordían el alba.
Pidió pan y le ofrecieron las tinieblas
         agua y le dieron el acíbar.
Pidió una mano y le trajeron un deseo
         el fervor y le trajeron una mueca
         que brillaba en la oscuridad
         y cabalgaba en los ojos.
Vino desde el otro lado de las sombras
          que habitaron el exilio.
Pidió el amanecer y le trajeron la sangre.

martes, 11 de octubre de 2016

DOMINGO FERREIRO de Raúl González Tuñón. Las 2001 Noches nº 2


Toca la gaita Domingo Ferreiro
toca la gaita... «¡Non queiro, non queiro!»
Porque están llenas de sangre las rías,
porque no quiero, no quiero, no quiero.
Y se secaron los ramos floridos
que ella traía en la falda del viento,
que ella traía a su novio soldado
o pescador, labrador, marinero.
Sobre Galicia ha caído la peste,
ay, los oscuros sargentos vinieron.
Están colgando en los pinos los hombres,
toca la gaita, no quiero, no quiero.
Nuestros hermanos que están allá abajo
pronto vendrán a vengar a los muertos,
pronto vendrán en mitad del verano,  
pronto vendrán en mitad del invierno.
El que no ha muerto andará por el monte
y en las aldeas cayeron los buenos.
Ay, que no vayan los lobos al monte,
toca la gaita, no quiero, no quiero.
Ya llegarán las valientes milicias
para acabar con la hez del desierto.
Ya llegarán en mitad de la Historia,
ya llegarán en mitad de los tiempos.

Toca la gaita... ¡que baile el obispo!
Toca la gaita, no quiero, no quiero.
Porque no es hora de fiesta en España,
porque no quiero, no quiero, no quiero.
Ya llegarán los soldados leales
para acabar con los pájaros negros,
ya llegarán en mitad de la Biblia,
ya llegarán en mitad de los muertos.
Toca la gaita. ¡Que baile la víbora!
Toca la gaita, no quiero, no quiero.
Porque la gaita no quiere que toque.
Porque se ha muerto Domingo Ferreiro.

DOMINGO FERREIRO de Raúl González Tuñón. Las 2001 Noches nº 2


Toca la gaita Domingo Ferreiro
toca la gaita... «¡Non queiro, non queiro!»
Porque están llenas de sangre las rías,
porque no quiero, no quiero, no quiero.
Y se secaron los ramos floridos
que ella traía en la falda del viento,
que ella traía a su novio soldado
o pescador, labrador, marinero.
Sobre Galicia ha caído la peste,
ay, los oscuros sargentos vinieron.
Están colgando en los pinos los hombres,
toca la gaita, no quiero, no quiero.
Nuestros hermanos que están allá abajo
pronto vendrán a vengar a los muertos,
pronto vendrán en mitad del verano,
 
pronto vendrán en mitad del invierno.
El que no ha muerto andará por el monte
y en las aldeas cayeron los buenos.
Ay, que no vayan los lobos al monte,
toca la gaita, no quiero, no quiero.
Ya llegarán las valientes milicias
para acabar con la hez del desierto.
Ya llegarán en mitad de la Historia,
ya llegarán en mitad de los tiempos.

Toca la gaita... ¡que baile el obispo!
Toca la gaita, no quiero, no quiero.
Porque no es hora de fiesta en España,
porque no quiero, no quiero, no quiero.
Ya llegarán los soldados leales
para acabar con los pájaros negros,
ya llegarán en mitad de la Biblia,
ya llegarán en mitad de los muertos.
Toca la gaita. ¡Que baile la víbora!
Toca la gaita, no quiero, no quiero.
Porque la gaita no quiere que toque.
Porque se ha muerto Domingo Ferreiro.

lunes, 29 de febrero de 2016

CANTO A LA FUERZA SINDICAL de Germán Pardo Garcia. Las 2001 Noches nº 46


I

 

COMPAÑEROS de lucha: este canto a vuestra fuerza sindical

                                                                          [lo principio

 convocando desde lo más rojo intenso de mi sangre a la

                                                                           muerte,

 porque jamás seréis los constructores obreros de la vida

 si ignoráis cómo trabajan los profundos mecanismos de la muerte.

 

Así comienzo este canto a vuestra fuerza sindical: desde      

                                                                               [abajo

 cual si enterrase los oscuros cimientos de una casa,

 para inducirla después con lentitud hacia la altura de     

                                                             [hermosos cuerpos

 cargados como todas las densas formas, de potencias eléctricas.

 

Otros hombres más universales dirían este canto

 con el nombre del sol como insignia en sus bocas, del sol

                                                                          [inagotable

 que satura intensamente gusanos cosmogónicos

 y enardece la rebelión de las panteras.

 

Mas yo, inmenso y brutal conocedor de sombras

                                                                  [demoníacas,

 afiánzome al hosco polvo con tenacidad de nervios

 y lanzo este himno como ardiente flor de pólvora

 que desde el piso asciende al vértigo de tempestades térmicas.

 

II

 

Y os digo en nombre de las innumerables alianzas que    

                                                                           [existen

 entre los brazos del hombre trabajador y los sólidos seres:

 ved a los armoniosos árboles confederándose

 sobre el poderoso flanco del gran monte antibélico.

 

Ellos son el primer símbolo de esta fuerza sindical de que os

                                                                               [hablo,

 contemplándola desde su nacer en la arcilla hasta su        

                                                          [elevación al Cosmos,

 porque también allá las estrellas únense para impulsar al      

                                                                            [Universo,

 enarbolado en mástil nuclear de lámparas tremendas

 con su fulgir de insectos nebúlicos de oro.

 

Os doy este humano ejemplo de los árboles porque son

                                                                           [criaturas

 que están cada vez más próximas al espíritu del hombre.

 Su inminente incorporación a nuestras almas la comprendemos

 al decir: más allá de la vida todos seremos árboles.

 

O al exclamar: estoy solo como un árbol ante la pérdida del

                                                                        [crepúsculo.

 

Ellos fundaron la inicial conciliación de vegetales

 para defender con su auxilio al proletario parvifundio.

 Al arbusto individual creciéronle otros árboles

 y apareció la fronda civil llena de voces y de ruidos,

 como en las plazas de las ciudades las multitudes famélicas.

 

Comparo este murmullo de las labiales hojas con acento de

                                                                          [palabras,

 porque ellas son así: dialogantes en su idioma de verdes

                                                                      [monosílabos.

 Tienen su misterioso abecedario y conocen la semántica del

                                                                              [viento,

 y en elásticos alambres de raíz o esferas húmedas y azules

 graban hondas inframúsicas que nosotros no escuchamos,

 y las reviven al decaer la rauda tracción de la materia.

 

III

 

ESTOS sensibles bosques sociales dotados de justísimas

                                                                           [lenguas

 urgen a la capacidad de mi corazón álgido y solo

 para que entienda la amargura del salario miserable;

 la aridez de los mineros que sacan de los cárcamos

 la esclavitud de los pétreos combustibles;

 la desecación de los arroyos pulmonares

 por el sílice y la cal de las canteras,

 y la agonía de los lívidos púgiles derrotados

 por la inercia y los espectros

 que atan a sus cinturas emblema falaz de campeones.

 

 

 

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IV

 

ME inducen a penetrar en los talleres en que obreros

                                                                       [tipógrafos

 colocan grises sílabas en planchas y molduras.

 Aquí la fuerza sindical logra creciente fragor de océano

 

que mueve sin cesar las tubulares rotativas.

 

Las olas de este mar tipógrafo son páginas

 de blanquísimo papel que inunda las metrópolis

 y se retira semejando las mareas,

 para volver a anegar las casas, las calles, los estadios,

 con la velocidad de sus cronologías.

 

¡Qué preludio tan sublime el de los linotipos y las prensas!

 ¡Qué ritmo tan dinámico el de los aceitados engranajes!

 ¡Cuánta belleza en las ustorias lámparas y espejos de

                                                                         [aluminio

 que distribuyen ecuaciones de calor y savias de sulfuro!

 

Aquí los árboles son discos enormes roturados

 y laborables hojas su balsámica madera.

 Se oye correr los ríos en cuyas márgenes llenas de tórridos

                                                                              [pájaros

 crecen las plantas de donde fluye la substantiva celulosa.

 Todo diluvio aquí se escucha.

 Todo huracán aquí distiéndese.

 El golpe de las almádenas que parten exágonos graníticos,

 repercute bajo el acero de estas bóvedadonde los relámpagos tienen menor velocidad que la noticia

 Aquí la ordenadora fuerza sindical es blanca república

 dirigida por las sienes sinfónicas del hombre.

 Y cuando las ventanas de esta fábrica impresora se abren al

                                                                     [sol y al viento,

 huyen los inmortales libros como alciones

 o espumas separándose de los nitrados promontorios.

 Los libros inmortales

 que divulgan la virilidad de las proclamas y los cantos de Píndaro.

 

V

 

ESTOS borrascosos bosques sociales me empujan a las    

                                                                            [riberas

 donde los sindicatos de fuertes pescadores

 bruñidos por las aguas teñidas de yoduros,

 viven su diaria intrepidez de cálidos tritones.

 Ellos, los broncos hijos del mar, se hunden en sus tormentas

 a festejar sus onomásticos bestiales,

 el ímpetu naval de sus bodas

 o el nacimiento de una estirpe,

 cual mayorazgos ebrios que retaran

 la cólera de un padre enloquecido.

 

Tienen tatuados mapas de las naciones navegadoras

 en la escollera brusca de sus velludos pechos,

 como las manchas que hay en el dorso de los marinos

                                                                       [elefantes.

 En esa geografía humanizada sobre códices de músculos,

 se apoya su derecho natural a la existencia.

 ¡Qué importa si sus hombros huelen a bacalao fétido

 y a putrefactas proteínas!

 ¡Y qué si hay en sus calcañares cicatrices de paguros!

 ¡Qué importa si ellos viven bajo sindicales leyes

 que en sus capítulos les cantan: al mar, al mar, al mar!

 

Así son estos hombres oceánidas: cambiantes de color y

                                                                       [contextura

 según el mar es áspero y de cobre, o azul índigo y tranquilo.

 Asociados están como los alcatraces y así pescan.

 Aprendieron del mar a federarse

 y caminan obedientes al corsario caudillo.

 Por eso el reclamo sindical de los estibadores

 tiene poder de octópodo que amarra y paraliza.

 ¿No habéis visto los puertos inmóviles, las barcazas

                                                                     [inmóviles,

 plegados los velámenes como atáxicas plumas,

 el salmón asfixiándose en las costas

 y el mosto envileciéndose en las cubas?

 Son los trabajadores del mar en la inacción de sus caídos

                                                                          [brazos

 y en la quietud de sus sociales olas,

 en tanto el viejo líder, cojo de eternidad y tuerto de

 constelaciones,

 la insurrección de sus obreros urde.

 

Sus carnívoras hembras tejedoras de redes aguzan los

                                                                        [arpones

 como sus homicidas colmillos los escualos.

 Nada es frágil en sus cuerpos de náuticos instintos.

 Sus caderas rezuman sal como los poros esponjarios.

 Sus verticales senos punzan como anémonas.

 Y allá van tras de sus machos pescadores,

 fieles a esa misma ley que agrupa a las corvinas,

 mientras el tifón soplando roncas caracolas

 y valvas de alectriones y crepídulas,

 clama desesperadamente: ¡al mar, al mar, al mar!

 

VI

 

ME arrastran estos civiles aires a las puertas de los túneles

 donde brigadas de mineros zapadores

 exploran las sepultas galerías,

 para ver que la arquitectura del planeta

 se erige en arcos de esmeralda

 sobre columnas de platino.

 Cada vez que la piqueta cavadora da un golpe en las fosas

                                                                  [subterráneas,

 aquel orbe interior es como un templo

 donde resuena un órgano monumental tocado en las

                                                                          [penumbras

 por la furia de un músico divino.

 

Allá las estalactitas licuándose parecen

 pestañas de unos ojos congelados

 que lloran implacables hacia adentro.

 De vez en cuando fosforescencias rápidas

 salidas de los cúmulos de azufre,

 son antorchas que alumbran funerales

 grandiosos de algún cíclope vencido.

 Y si algún minero muere despedazado por las rocas,

 sus compañeros con las piquetas inclinadas como a soldado

                                                                         [lo sepultan.

 Y el órgano estremece las cuevas de zafiro.

 

La fuerza sindical de los mineros

 sostiene a esas brigadas en la sombra.

 Sin su puntal el mundo quedaría

 como perdido cofre en que tesoros

 desguarnecidos por la causticidad del mar, se pudren.

 La fuerza sindical de los mineros

 los saca hacia la vida de lo oscuro.

 Cada gota de sangre de estos hombres

 se convierte en incendios de granate.

 Toda lágrima suya cristaliza.

 

Ellos hacen germinar energía y esperanza

 en lugares condenados a ser ciegos.

 Yo he descendido a las minas de carbón y contemplado

 la terrible oscuridad matriz del mundo.

 Esas minas se encuentran más abajo de las piedras

                                                                     [sepulcrales

 y desde ahí se puede ver no el rostro sino la espalda de los

                                                                       [muertos.

 Los mineros lo saben y hunden cuñas

 de esperanza en las cuarteaduras delatoras,

 de donde cuelgan tiras de epidermis y sudarios

 como telones de una habitación en ruinas.

 

Si es viscoso el contacto de la muerte

 sentido en superficies luminosas,

 en la tiniebla de los cárcamos

 es como posar los dedos sobre ofidios vomitorios

 enroscados en los fósiles de hulla.

 

Los mineros lo saben y elevan himnos de esperanza

 para alejar la angustia que presiona

 y aturdir el lamento de las criptas.

 Allá bajo la tierra se oye el himno más conmovedor del

                                                                            [mundo.

 Son los mineros derrotando su amargura

 al pie de un horizonte deletéreo,

 con sus coros de arcángeles hundidos.

 De pronto callan para oír que bloques bituminosos

 desplómanse de arcadas y paredes,

 y como exánimes cetáceos

 desaparecen entre asfálticas lagunas.

 

 

 

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VII

 

COMPAÑEROS de lucha: este canto a vuestra fuerza sindical

                                                                               [lo concluyo

 convocando desde los más sombríos sótanos mineros a la muerte,

 porque jamás seréis los constructores obreros de la vida

 si ignoráis cómo trabajan los profundos mecanismos de la muerte.

 En esas trincheras hondas con deformes figuras talladas en las 

                                                                                        [rocas

 por el desgaste persistente de los siglos

 hasta esculpir cabezas que de pronto

 suplican: "Dadnos rostros humanos, concluidos".

 En esas naves lóbregas donde las invocaciones así comienzan:

 "En el nombre del Trabajo partimos estas rocas

 y por él nuestra sangre y nuestro espíritu entregamos",

 allá quisiera humildemente prosternarme

con la veracidad de aquellos seres

 que pasaron por la tierra desnudos o cubiertos con pieles de leones,

 a ofrecer mis tributos integrales

 a esta grandeza sindical que canto

 no sólo en su evidencia entre los árboles,

 los talleres, océanos y minas,

 sino en mí porque mi cuerpo de trabajador nocturno

 envuelto en una túnica de llamas

 y signando con espinas de luceros el papel para escribirle

 su sangre de cristal a la Hermosura,

 ese cuerpo también está nutriéndose

 de vetas, yacimientos y de minas;

 de peces que emocionan con sus branquias

 los morados silencios de que vivo;

 de hormigas que me traen los acentos

 sonámbulos caídos en la arena;

 de cóndores idólatras que atizan

 en mis sienes la claridad que necesito;

 de caballos dementes que me dan el creador estrépito;

 de confederaciones celulares, cual vosotros,

 y alianzas con los óxidos de la sal, y servidumbres

 de mi alma escorando hacia el olvido.