lunes, 12 de septiembre de 2016

TODA LA NOCHE de Norma Menassa. Las 2001 Noches Nº 51

 
Toda la noche, el ruido del viento golpeaba las ventanas,
toda la noche semidespierta,
la monotonía insistía en los cristales.
De a ratos un jirón de viento azotaba y el agua ondeaba en
[sonidos diferentes
y a veces era sorda.
Mi alma lucía entre las sábanas una blancura de luna
[interrumpida
y el tiempo del eclipse se llenó de fantasmas.
Pasé entre las voces de las conversaciones
que subían de la calle
sorprendida a veces por gritos desencajados de la escena
e iluminé el insomnio de mi día infeliz,
de mi hora interminable
con pensamientos amarillos de papel despreciado
por el sometimiento de la inercia.
Toda la noche, conmigo entontecida,
la lluvia retrasaba los momentos
y todo era tardanza en los ojos del sueño fracasado
que se tragó la luz y acomodó las sombras
haciendo los entornos perceptibles.
Vi la ciudad golpeando en el asfalto
como un barco encallado
al que cuidadosamente fui sacando las anclas
y comenzó el vaivén.
¡Tierra del mar...!
y el navío zarpado iba al encuentro de
puertos invisibles
y todos nos perdimos abrazados.
Toda la noche festejamos sin ninguna moral,
el ruido del relámpago cayendo en rajaduras del espejo
que dejó en descubierto la variedad del mundo
y todos los males naturales.
Quedé toda mojada pegada a la ventana
que se abrió en el reflejo
y entré sobresaltada en la órbita de aquel
encogimiento orgánico.
Tuve un temblor
y aluciné una luz que me miraba fijo a una corta distancia.
Era la ventana del aparecido
y un hilo invisible
me unió al anónimo que me quería a mí
en esta extraña circunstancia.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

COMENCÉ A DARME CUENTA de Miguel Oscar Menassa. Las 2001 Noches nº 62

Comencé a darme cuenta de que no era libre.
Nadie toleraba que a los 61 años,
amara el amor en lugar de hacerlo.
Nadie toleraba que a los 61 años,
todavía amara la libertad
que nunca había conseguido.
Ni yo mismo a los 61 años
puedo amar mis deseos sexuales.
Y después, las tardes de domingo,
me dejaba caer como una flor marchita
para que ella me pisoteara y nunca, nadie,
ni siquiera ella misma en su temblor,
podía tolerar mi resurrección.
Y yo me alzaba como los que saben volar
y ya tenía 61 años y siempre me veía caer
pero la vida misma es una sola para todos
por eso hubo días que algo en mí no caía.
Ella, rezando arrodillada
y yo, alzándome en la frase
hasta tocar su alma,
su vientre
su canción.
Ahí estaban las luces y éramos todos ciegos.
Nadie podía ver más allá de su amor.
Nadie podía llorar por desgracias ajenas.
Nadie podía dar comida al hambriento,
nuestra desgracia se lo llevaba todo.
Nunca hubo justicia entre nosotros
y jamás conocimos la libertad,
somos un pueblo muerto,
desde el comienzo nunca hubo pan.
Así eran las frases que ella recitaba
cuando, valientes, hacíamos el amor.
Y nadie toleraba que nuestro amor
fuera ese suave galope cibernético
a los 61 años
casi sin piernas
sin ganas de volar
sin cabellos al aire
sin manos al unísono
grabando en tu cuerpo
las huellas del tiempo.
A los 61 años,
cuando hacíamos el amor
todo era alucinación
verbo y locura.
Y lo peor de todo
era que nadie podía soportar,
ni siquiera ella misma,
que yo la mirara a los ojos
durante las comidas,
en el baño,
un momento antes de parir,
hijo o poema,
y la miraba a los ojos
cuando hacíamos el amor
y eso, en verdad, la enloquecía
y su goce era magistral y nuevo
pero nunca pudo tolerarlo.
Un día me lo dijo claramente:
no soporto que a los 61 años
seas tan feliz.

lunes, 5 de septiembre de 2016

LA INJUSTICIA de Dámaso Alonso. Las 2001 Noches nº 106


¿De qué sima te yergues, sombra negra?
¿Qué buscas?
Los oteros,
como lagartos verdes, se asoman a los valles
que se hunden entre nieblas en la infancia del mundo.
Y sestean, abiertos, los rebaños,
mientras la luz palpita, siempre recién creada,
mientras se comba el tiempo, rubio mastín que
duerme a las puertas de Dios.
Pero tú vienes, mancha lóbrega,
reina de las cavernas, galopante en el cierzo, tras
tus corvas pupilas, proyectadas
como dos meteoros crecientes de lo oscuro,
cabalgando en las rojas melenas del ocaso,
flagelando las cumbres
con cabellos de sierpes, látigos de granizo.
Llegas,
oquedad devorante de siglos y de mundos,
como una inmensa tumba,
empujada por furias que ahincan sus testuces,
duros chivos erectos, sin oídos, sin ojos,
que la terneza ignoran.
Sí, del abismo llegas,
hosco sol de negruras, llegas siempre,
onda turbia, sin fin, sin fin manante,
contraria del amor, cuando él nacida
en el día primero.
Tú empañas con tu mano
de húmeda noche los cristales tibios
donde al azul se asoma la niñez transparente,
cuando apenas
era tierna la dicha, se estrenaba la luz,
y pones en la nítida mirada
la primer llama verde
de los turbios pantanos.
Tú amontonas el odio en la charca inverniza
del corazón del viejo,
y azuzas el espanto
de su triste jauría abandonada
que ladra furibunda en el hondón del bosque.
Y van los hombres, desgajados pinos,
del oquedal en llamas, por la barranca abajo,
rebotando en las quiebras,
como teas de sombra, ya lívidas, ya ocres,
como blasfemias que al infierno caen.
... Hoy llegas hasta mí.
He sentido la espina de tus podridos cardos,
el vaho de ponzoña de tu lengua
y el girón de tus alas que arremolina el aire.
El alma era un aullido
y mi carne mortal se helaba hasta los tuétanos.
Hiere, hiere, sembradora del odio:
no ha de saltar el odio, como llama de azufre, de
mi herida.
Heme aquí:
soy hombre, como un dios,
soy hombre, dulce niebla, centro cálido,
pasajero bullir de un metal misterioso que irradia
la ternura.
Podrás herir la carne
y aun retorcer el alma como un lienzo:
no apagarás la brasa del gran amor que fulge
dentro del corazón,
bestia maldita.
Podrás herir la carne.
No morderás mi corazón,
madre del odio.
Nunca en mi corazón,
reina del mundo.

viernes, 12 de agosto de 2016

SU MAJESTAD EL TIEMPO de Julio Herrera y Reissig


El Viejo Patriarca,
                   Que todo lo abarca,
Se riza la barba de príncipe asirio;
Su nívea cabeza parece un gran lirio,
Parece un gran lirio la nívea cabeza del viejo Patriarca.

Su pálida frente es un mapa confuso:
La abultan montañas de hueso.
Que forman lo raro, lo inmenso, lo espeso
De todos los siglos del tiempo difuso.

Su frente de viejo ermitaño
Parece el desierto de todo lo antaño:
En ella han carpido la hora y el año,
Lo siempre empezado, lo siempre concluso,
Lo vago, lo ignoto, lo iluso, lo extraño,
Lo extraño y lo iluso...

Su pálida frente es un mapa confuso:
La cruzan arrugas, eternas arrugas,
Que son cual los ríos del vago país de lo abstruso
Cuyas olas, los años, se escapan en rápidas fugas.

¡Oh, las viejas, eternas arrugas;
Oh los surcos oscuros:
Pensamientos en formas de orugas
De donde saldrán los magníficos siglos futuros!



lunes, 29 de febrero de 2016

CANTO A LA FUERZA SINDICAL de Germán Pardo Garcia. Las 2001 Noches nº 46


I

 

COMPAÑEROS de lucha: este canto a vuestra fuerza sindical

                                                                          [lo principio

 convocando desde lo más rojo intenso de mi sangre a la

                                                                           muerte,

 porque jamás seréis los constructores obreros de la vida

 si ignoráis cómo trabajan los profundos mecanismos de la muerte.

 

Así comienzo este canto a vuestra fuerza sindical: desde      

                                                                               [abajo

 cual si enterrase los oscuros cimientos de una casa,

 para inducirla después con lentitud hacia la altura de     

                                                             [hermosos cuerpos

 cargados como todas las densas formas, de potencias eléctricas.

 

Otros hombres más universales dirían este canto

 con el nombre del sol como insignia en sus bocas, del sol

                                                                          [inagotable

 que satura intensamente gusanos cosmogónicos

 y enardece la rebelión de las panteras.

 

Mas yo, inmenso y brutal conocedor de sombras

                                                                  [demoníacas,

 afiánzome al hosco polvo con tenacidad de nervios

 y lanzo este himno como ardiente flor de pólvora

 que desde el piso asciende al vértigo de tempestades térmicas.

 

II

 

Y os digo en nombre de las innumerables alianzas que    

                                                                           [existen

 entre los brazos del hombre trabajador y los sólidos seres:

 ved a los armoniosos árboles confederándose

 sobre el poderoso flanco del gran monte antibélico.

 

Ellos son el primer símbolo de esta fuerza sindical de que os

                                                                               [hablo,

 contemplándola desde su nacer en la arcilla hasta su        

                                                          [elevación al Cosmos,

 porque también allá las estrellas únense para impulsar al      

                                                                            [Universo,

 enarbolado en mástil nuclear de lámparas tremendas

 con su fulgir de insectos nebúlicos de oro.

 

Os doy este humano ejemplo de los árboles porque son

                                                                           [criaturas

 que están cada vez más próximas al espíritu del hombre.

 Su inminente incorporación a nuestras almas la comprendemos

 al decir: más allá de la vida todos seremos árboles.

 

O al exclamar: estoy solo como un árbol ante la pérdida del

                                                                        [crepúsculo.

 

Ellos fundaron la inicial conciliación de vegetales

 para defender con su auxilio al proletario parvifundio.

 Al arbusto individual creciéronle otros árboles

 y apareció la fronda civil llena de voces y de ruidos,

 como en las plazas de las ciudades las multitudes famélicas.

 

Comparo este murmullo de las labiales hojas con acento de

                                                                          [palabras,

 porque ellas son así: dialogantes en su idioma de verdes

                                                                      [monosílabos.

 Tienen su misterioso abecedario y conocen la semántica del

                                                                              [viento,

 y en elásticos alambres de raíz o esferas húmedas y azules

 graban hondas inframúsicas que nosotros no escuchamos,

 y las reviven al decaer la rauda tracción de la materia.

 

III

 

ESTOS sensibles bosques sociales dotados de justísimas

                                                                           [lenguas

 urgen a la capacidad de mi corazón álgido y solo

 para que entienda la amargura del salario miserable;

 la aridez de los mineros que sacan de los cárcamos

 la esclavitud de los pétreos combustibles;

 la desecación de los arroyos pulmonares

 por el sílice y la cal de las canteras,

 y la agonía de los lívidos púgiles derrotados

 por la inercia y los espectros

 que atan a sus cinturas emblema falaz de campeones.

 

 

 

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IV

 

ME inducen a penetrar en los talleres en que obreros

                                                                       [tipógrafos

 colocan grises sílabas en planchas y molduras.

 Aquí la fuerza sindical logra creciente fragor de océano

 

que mueve sin cesar las tubulares rotativas.

 

Las olas de este mar tipógrafo son páginas

 de blanquísimo papel que inunda las metrópolis

 y se retira semejando las mareas,

 para volver a anegar las casas, las calles, los estadios,

 con la velocidad de sus cronologías.

 

¡Qué preludio tan sublime el de los linotipos y las prensas!

 ¡Qué ritmo tan dinámico el de los aceitados engranajes!

 ¡Cuánta belleza en las ustorias lámparas y espejos de

                                                                         [aluminio

 que distribuyen ecuaciones de calor y savias de sulfuro!

 

Aquí los árboles son discos enormes roturados

 y laborables hojas su balsámica madera.

 Se oye correr los ríos en cuyas márgenes llenas de tórridos

                                                                              [pájaros

 crecen las plantas de donde fluye la substantiva celulosa.

 Todo diluvio aquí se escucha.

 Todo huracán aquí distiéndese.

 El golpe de las almádenas que parten exágonos graníticos,

 repercute bajo el acero de estas bóvedadonde los relámpagos tienen menor velocidad que la noticia

 Aquí la ordenadora fuerza sindical es blanca república

 dirigida por las sienes sinfónicas del hombre.

 Y cuando las ventanas de esta fábrica impresora se abren al

                                                                     [sol y al viento,

 huyen los inmortales libros como alciones

 o espumas separándose de los nitrados promontorios.

 Los libros inmortales

 que divulgan la virilidad de las proclamas y los cantos de Píndaro.

 

V

 

ESTOS borrascosos bosques sociales me empujan a las    

                                                                            [riberas

 donde los sindicatos de fuertes pescadores

 bruñidos por las aguas teñidas de yoduros,

 viven su diaria intrepidez de cálidos tritones.

 Ellos, los broncos hijos del mar, se hunden en sus tormentas

 a festejar sus onomásticos bestiales,

 el ímpetu naval de sus bodas

 o el nacimiento de una estirpe,

 cual mayorazgos ebrios que retaran

 la cólera de un padre enloquecido.

 

Tienen tatuados mapas de las naciones navegadoras

 en la escollera brusca de sus velludos pechos,

 como las manchas que hay en el dorso de los marinos

                                                                       [elefantes.

 En esa geografía humanizada sobre códices de músculos,

 se apoya su derecho natural a la existencia.

 ¡Qué importa si sus hombros huelen a bacalao fétido

 y a putrefactas proteínas!

 ¡Y qué si hay en sus calcañares cicatrices de paguros!

 ¡Qué importa si ellos viven bajo sindicales leyes

 que en sus capítulos les cantan: al mar, al mar, al mar!

 

Así son estos hombres oceánidas: cambiantes de color y

                                                                       [contextura

 según el mar es áspero y de cobre, o azul índigo y tranquilo.

 Asociados están como los alcatraces y así pescan.

 Aprendieron del mar a federarse

 y caminan obedientes al corsario caudillo.

 Por eso el reclamo sindical de los estibadores

 tiene poder de octópodo que amarra y paraliza.

 ¿No habéis visto los puertos inmóviles, las barcazas

                                                                     [inmóviles,

 plegados los velámenes como atáxicas plumas,

 el salmón asfixiándose en las costas

 y el mosto envileciéndose en las cubas?

 Son los trabajadores del mar en la inacción de sus caídos

                                                                          [brazos

 y en la quietud de sus sociales olas,

 en tanto el viejo líder, cojo de eternidad y tuerto de

 constelaciones,

 la insurrección de sus obreros urde.

 

Sus carnívoras hembras tejedoras de redes aguzan los

                                                                        [arpones

 como sus homicidas colmillos los escualos.

 Nada es frágil en sus cuerpos de náuticos instintos.

 Sus caderas rezuman sal como los poros esponjarios.

 Sus verticales senos punzan como anémonas.

 Y allá van tras de sus machos pescadores,

 fieles a esa misma ley que agrupa a las corvinas,

 mientras el tifón soplando roncas caracolas

 y valvas de alectriones y crepídulas,

 clama desesperadamente: ¡al mar, al mar, al mar!

 

VI

 

ME arrastran estos civiles aires a las puertas de los túneles

 donde brigadas de mineros zapadores

 exploran las sepultas galerías,

 para ver que la arquitectura del planeta

 se erige en arcos de esmeralda

 sobre columnas de platino.

 Cada vez que la piqueta cavadora da un golpe en las fosas

                                                                  [subterráneas,

 aquel orbe interior es como un templo

 donde resuena un órgano monumental tocado en las

                                                                          [penumbras

 por la furia de un músico divino.

 

Allá las estalactitas licuándose parecen

 pestañas de unos ojos congelados

 que lloran implacables hacia adentro.

 De vez en cuando fosforescencias rápidas

 salidas de los cúmulos de azufre,

 son antorchas que alumbran funerales

 grandiosos de algún cíclope vencido.

 Y si algún minero muere despedazado por las rocas,

 sus compañeros con las piquetas inclinadas como a soldado

                                                                         [lo sepultan.

 Y el órgano estremece las cuevas de zafiro.

 

La fuerza sindical de los mineros

 sostiene a esas brigadas en la sombra.

 Sin su puntal el mundo quedaría

 como perdido cofre en que tesoros

 desguarnecidos por la causticidad del mar, se pudren.

 La fuerza sindical de los mineros

 los saca hacia la vida de lo oscuro.

 Cada gota de sangre de estos hombres

 se convierte en incendios de granate.

 Toda lágrima suya cristaliza.

 

Ellos hacen germinar energía y esperanza

 en lugares condenados a ser ciegos.

 Yo he descendido a las minas de carbón y contemplado

 la terrible oscuridad matriz del mundo.

 Esas minas se encuentran más abajo de las piedras

                                                                     [sepulcrales

 y desde ahí se puede ver no el rostro sino la espalda de los

                                                                       [muertos.

 Los mineros lo saben y hunden cuñas

 de esperanza en las cuarteaduras delatoras,

 de donde cuelgan tiras de epidermis y sudarios

 como telones de una habitación en ruinas.

 

Si es viscoso el contacto de la muerte

 sentido en superficies luminosas,

 en la tiniebla de los cárcamos

 es como posar los dedos sobre ofidios vomitorios

 enroscados en los fósiles de hulla.

 

Los mineros lo saben y elevan himnos de esperanza

 para alejar la angustia que presiona

 y aturdir el lamento de las criptas.

 Allá bajo la tierra se oye el himno más conmovedor del

                                                                            [mundo.

 Son los mineros derrotando su amargura

 al pie de un horizonte deletéreo,

 con sus coros de arcángeles hundidos.

 De pronto callan para oír que bloques bituminosos

 desplómanse de arcadas y paredes,

 y como exánimes cetáceos

 desaparecen entre asfálticas lagunas.

 

 

 

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VII

 

COMPAÑEROS de lucha: este canto a vuestra fuerza sindical

                                                                               [lo concluyo

 convocando desde los más sombríos sótanos mineros a la muerte,

 porque jamás seréis los constructores obreros de la vida

 si ignoráis cómo trabajan los profundos mecanismos de la muerte.

 En esas trincheras hondas con deformes figuras talladas en las 

                                                                                        [rocas

 por el desgaste persistente de los siglos

 hasta esculpir cabezas que de pronto

 suplican: "Dadnos rostros humanos, concluidos".

 En esas naves lóbregas donde las invocaciones así comienzan:

 "En el nombre del Trabajo partimos estas rocas

 y por él nuestra sangre y nuestro espíritu entregamos",

 allá quisiera humildemente prosternarme

con la veracidad de aquellos seres

 que pasaron por la tierra desnudos o cubiertos con pieles de leones,

 a ofrecer mis tributos integrales

 a esta grandeza sindical que canto

 no sólo en su evidencia entre los árboles,

 los talleres, océanos y minas,

 sino en mí porque mi cuerpo de trabajador nocturno

 envuelto en una túnica de llamas

 y signando con espinas de luceros el papel para escribirle

 su sangre de cristal a la Hermosura,

 ese cuerpo también está nutriéndose

 de vetas, yacimientos y de minas;

 de peces que emocionan con sus branquias

 los morados silencios de que vivo;

 de hormigas que me traen los acentos

 sonámbulos caídos en la arena;

 de cóndores idólatras que atizan

 en mis sienes la claridad que necesito;

 de caballos dementes que me dan el creador estrépito;

 de confederaciones celulares, cual vosotros,

 y alianzas con los óxidos de la sal, y servidumbres

 de mi alma escorando hacia el olvido.

 

 

sábado, 20 de febrero de 2016

La divina comedia. De Dante Alighieri. Las 2001 Noches Nº 86

PARTE PRIMERA - INFIERNO
CANTO I (Fragmento)
Mientras retrocedía al lugar hondo
ante mi vista se hizo descubierto
quien mudo pareció en lo silencioso.
Cuando yo le miré en el gran desierto,
“Apíadate de mí –le grité al mismo–,
quienquiera seas, sombra u hombre cierto.”
Respondiome: “Hombre no; hombre ya he sido,
los que diéronme el ser fueron lombardos,
y ambos por patria a Mantua la han tenido.
Nací sub Julio, bien que un poco tardo
y viví en Roma, bajo el buen Augusto,
en tiempos de engañosos dioses falsos.
Poeta he sido, y yo canté del justo
hijo de Anquises, que volvió de Troya
después que fue el soberbio Ilión combusto.
Mas, ¿por qué a tanta pena tu retornas?,
¿por qué no vas al deleitoso monte
que es principio y razón de dicha toda?”
“¿Eres tu aquel Virgilio, aquella fuente
que tan gran río en el hablar difunde?,
-le respondí con vergonzosa frente,-.
¡Oh, de los otros poetas honra y lumbre!,
válgame el largo estudio y grande amor,
que a mí buscar me han hecho tu volumen.
Eres tú mi maestro, eres mi autor:
eres tú sólo aquel, de quien yo hurto
el bello estilo, que me ha dado honor.
Mira la bestia por la cual yo huyo:
de ella, famoso sabio, has de ayudarme,
que me hace estremecer venas y pulso.”
“Te conviene seguir distinto viaje,
-dijo, después de ver que yo lloraba-,
si quieres huir de este lugar salvaje:
porque esta bestia, por la qual tu clamas,
no deja que otro pase por su vía,
mas tanto se lo impide que lo mata;
y es su natura tan malvada e impía
que su rabiosa gana nunca llena,
y ha más hambre al comer que antes tenía.
Con muchos animales se empareja,
y aún serán muchos más, hasta que el Veltro
vendrá, y hará que con dolor se muera.
Este no comerá tierra ni peltro,
pero si amor, virtud, sabiduría,
y su patria estará entre Feltro y Feltro,
será salud de aquella humilde Italia,
por quien murió la virginal Camila,
Euríalo y Turno y Niso en la batalla.
Este la cazará por cada villa,
hasta arrojarla dentro del infierno,
del que al principio la sacó la envidia.
Mas ahora por tu bien pienso y discierno
que tu me sigas, yo seré tu guía;
te sacaré de aquí a un lugar eterno,
donde oirás espantosa gritería;
verás viejos espíritus en duelo,
que todos la segunda muerte ansían;
luego aquellos verás, que están contentos
en fuego, porque esperan la llegada
entre los alabados, a su tiempo:
a los cuales, si tu asceder desearas,
otra alma te guiará que yo más digna,
te dejaré con ella cuando parta;
que aquel Emperador, que reina arriba,
porque yo con su ley rebelde me hice,
no quiere a su ciudad por mi la ida.
En toda parte impera y allí rige,
allí está su ciudad y su alto asiento:
¡dichoso aquel, que al lado suyo elige!”
Yo le dije: “Poeta, te requiero
por ese Dios que tu no conociste,
para huir de este mal o más adverso,
que me lleves allá donde dijiste,
tal que yo vea la puerta de San Pedro
y aquellos que tu dices ser tan tristes.”
Anduvo entonces, y seguí postrero.

La divina comedia de Dante Alighieri. Las 2001 Noches Nº 86

PARTE SEGUNDA - PURGATORIO
CANTO XII (Fragmento)
Pareados, como bueyes bajo el yugo,
iba yo con aquella alma cargada,
mientras el dulce maestro a bien lo tuvo.
Mas cuando dijo: “Déjale y avanza,
que aquí conviene con vela y remos
cuanto uno pueda, aligerar su barca”;
erguido, cual se debe andar, fui puesto
con la persona, aunque mis pensamientos
inclinados siguieran y modestos.
Yo ya andaba, y seguía placentero
de mi maestro los pasos, y allí entrambos
mostrábamos cómo éramos ligeros,
cuando dijo: “Los ojos vuelve abajo:
te convendrá, por suavizar la senda,
mirar al suelo donde vas pisando”.
Como, porque memoria de ellos sea
sobre sepultos las terrenas losas
llevan escrito lo que en vida fueran,
por lo que muchas veces allí lloran
por el pinchazo de la remembranza,
que sólo a los piadosos acongoja,
así vi allí, mas con mejor semblanza,
según el artificio, figurado
cuando por vía de afuera el monte avanza.
Veía a aquel, que noble fue creado
más que otra criatura, desde el cielo
fulgurante cayendo por un lado.
Veía a Briareo, herido por el hierro
celestial, que yacía de otra parte,
grave a la tierra por el mortal hielo.
Veía a Timbreo, veía a Palas y Marte
aún armados en torno al padre de ellos
mirar dispersos miembros de gigantes.
Veía a Nemrod al pie del gran empeño,
casi extraviado contemplar las gentes
que en Sanaar con él soberbias fueron.
¡Oh, Niové, con qué ojos tan dolientes
te veía, esculpida allí a la estrada,
entre tus siete y siete hijos inertes!
¡Oh, Saúl, cómo con tu propia espada
aparecías muerto en Gilboé,
que después no vio lluvia ni rosada!
¡Oh, loca Aracne, tal te contemplé
ya medio araña, triste en los retales
del trabajo que en daño tuyo fue.
Oh, Roboám, ya no sembla que amenace
aquí tu gesto; mas de espanto lleno
te lleva un carro, antes que te echasen.
Mostraba aún el duro pavimento
cómo Alcmeón a su madre le hizo caro
pagar el desdichado adornamento.
Mostraba cuál los hijos se arrojaron
sobre Sennaquerib dentro del templo,
y, como muerto, allí lo abandonaron.
Mostraba la ruina y daño horrendo
que hizo Tomiris, cuando dijo a Ciros:
“De sangre hubiese sed, de ella te lleno”
...Mostraba en la derrota ser huidos
los asirios tras muerte de Holofernes,
y también las reliquias del martirio.
Veía a Troya en cenizas demolientes:
¡oh, Ilión, qué vil y qué pequeño
el cuadro que allí había te discierne!
Del pincel o buril, ¿quién fue el maestro
que allí trazó las sombras y motivos
que admirarían a un agudo ingenio?
Los muertos creí, los vivos vivos:
no vió mejor que yo quien vio lo cierto
de cuanto allí pisé inclinado al sitio.
Id, soberbios, con ojos altaneros
hijos de Eva, no inclinéis el rostro,
de modo que veais el mal sendero.
Mucho habíamos ya del monte vuelto,
y anduvo más el sol en su camino
que lo estimaba el ánimo no suelto;
cuando aquél, que delante siempre fijo
me andaba, comenzó: “Alza la cabeza;
no es ya tiempo de andar tan abstraido.
Hacia allí mira un ángel que se apresta
por venir hacia nos; ve que ya torna
del servicio del sol la esclava sexta.
De reverencia el acto y rostro adorna,
porque le plazca arriba conducirnos:
ve que este día ya jamás retorna!.